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La Renovación Carismática

 

UNA REUNIÓN DE ORACIÓN

Los tres capítulos que siguen, como en general todo el libro, están escritos con un amor y atención especial a los que van dando sus primeros pasos en la Renovación carismática. Me refiero a esas personas que acaban de entrar y quieren enterarse no sólo de las ideas teológicas que la Renovación pone en juego, sino de la vida que hay en ella y la que puede comunicar. Para describir esta vida y llegar al fondo del mensaje, me ha parecido que la fórmula mejor no es teorizar, sino contar historias reales con su escenificación natural. Todo lo que vais a leer, pues, en estos capítulos, son historias reales que, por otra parte, expresan lo que gran parte de los carismáticos hemos experimentado también. Naturalmente, se han cambiado los nombres y parte de las circunstancias. Para aquellos momentos, en especial los testimonios, en los que es más fácil identificar a la persona real protagonista de los hechos, se han pedido los permisos necesarios.

-Hola. Buenas tardes. ¿Eres nuevo?

-Sí. Vengo por primera vez.

-¿Quieres que te acompañe?

-Bueno...

-Me llamo Marta, ¿sabes? Soy del grupo que llamamos aquí de acogida. Tenemos el encargo, entre otros, de acompañar a los que vienen a la oración por primera vez, para que no se sientan solos y perdidos. De todas formas eres libre. Si quieres estar solo, puedes hacerlo.

-No. Prefiero que me acompañes.

-¿Cómo te llamas?

-Llámame Paco.

Marta conduce a Paco hacia una sala amplia, donde se encuentra ya mucha gente reunida. Hay animación. Algunos colocan las sillas en círculos concéntricos. Fuera de eso, apenas se ven preparativos que indiquen lo que se va a hacer allí.

-¿Por qué se abrazan y besan tanto? pregunta Paco. ¿Hace mucho que no se ven?

-No. Desde el martes pasado, respondió Marta. Tenemos la reunión de oración todos los martes del año.

-Pues da la impresión de que no se ven desde hace un siglo.

-Sí. Aquí es así. ¿Te parece raro?

-No. Pero es curioso que se alegren tanto al encontrarse.

-Hay mucha convivencia, sugiere Marta, y eso engendra cariño. Además hay una experiencia de fe muy compartida.

* * *




La sala se iba llenando poco a poco. Se esperan unas doscientas personas. Hay gente de todas las edades. Un grupo de jóvenes afinan sus guitarras. En otros corros se charla animadamente. Paco lo observa todo, al parecer muy interesado. Es un chico joven que, como más tarde confesó, tiene personalmente inquietudes religiosas. Además es catequista de confirmación en una parroquia de Argüelles y le atrae el tema de una experiencia viva del Espíritu Santo. Pero lo que le ha movido de verdad a hacer esta experiencia es una persona a la que él quiere mucho y que le viene motivando desde hace tiempo.

-¿Todas estas personas forman parte de un mismo grupo de oración?

-Sí, respondió Marta. Somos un grupo o comunidad, que nos reunimos todos los martes, como te he dicho. En Madrid hay más grupos, no sé cuantos, pero muchos. Este nuestro se llama "Agua viva".

-Ah. ¿Tienen un nombre?

-Sí. El nuestro hace referencia al agua, como símbolo del Espíritu Santo, que da vida, renueva y hace crecer las plantas.

-Bueno, y la sesión de hoy ¿de qué va? dijo Paco con creciente interés. ¿Me puedes explicar un poco?

-Hoy es una reunión de oración. Siempre es como la que vas a ver hoy, menos los primeros martes de mes, que tenemos Eucaristía. Viene a durar unas dos horas. La primera hora la dedicamos íntegramente a la oración de alabanza.

-No sé bien qué es eso, dijo Paco, pero bueno, continúa.

-Después durante media hora escuchamos una enseñanza. Suele hablar una persona a la que se le ha encargado previamente, e incluso se le ha dado el tema. La media hora final se dedica a lo que llamamos testimonios. Es una forma de compartir la fe y la gracia de Dios que actúa en nuestras vidas. Algunos testimonios impactan mucho. Finalmente nos cogemos las manos y rezamos o cantamos un padrenuestro.

-¿En todos los grupos hacen lo mismo? inquirió Paco.

-No conozco muchos, respondió Marta. Pero creo que sí. En todos se hacen las mismas cosas. Claro que a veces hay grupos pequeñitos o de principiantes que, a lo mejor no tienen guitarras, o no hay nunca enseñanza porque no tienen quién las dé. Pero, más o menos, todos tienden a completar el esquema que te he dado. En todo caso en el nuestro se hace así.

-Sólo otra pregunta, añadió Paco: ¿Quién dirige todo esto?

-Los grupos eligen, cada cierto tiempo, un equipo de personas encargadas de llevar adelante esta tarea. Se le llama el equipo de discernimiento. En la Renovación, sin embargo, no funcionan las cosas por democracia, sino por carismas. Por eso, más que una elección es un discernimiento.

* * *




Cada vez había más gente en la sala y las conversaciones subían de tono. No se veía a nadie que pudiera poner orden en aquella algarabía. A Paco esto le mosqueaba un poco. ¿Cómo es posible, se decía a sí mismo, que dentro de unos momentos esté esta gente en oración?. Pero no quería caer en prejuicios. Se había prometido a sí mismo que iba a ir con un talante abierto, pasara lo que pasara. Ya habría tiempo de hacer una reflexión más sosegada. Por otra parte, no veía ni una imagen, ni un cuadro, ni un símbolo religioso, aparte de los que decoran ordinariamente la sala. ¡No me explico cómo se pueda crear una presencia de Dios en esta marabunta! Queriendo salir de sí mismo, se dirige de nuevo a Marta:

-¿Qué clase de gente suele venir aquí?

-Hay de todo, respondió Marta. Aquella de amarillo, por ejemplo, es peluquera. En aquel grupo de señores hay un cura, un médico y un jubilado que si te descuidas te encaja una aventura de cuando estaba en el frente. Ese otro que coloca sillas es un taxista. Hay señoras de "sus labores" etc.

-¿Y esos que están en sillas de ruedas?

- En los grupos carismáticos, contestó Marta mirándole a la cara, siempre verás gente enferma, sencilla, pobre. Los mismos que rodeaban a Jesús. Donde hay gratuidad siempre encontrarás a los pobres. Aquí, no sólo tienen derecho a estar, sino a hablar y a intervenir como cualquier otro.

-Pero esto tendrá sus inconvenientes, ¿no?

-Sí, arguyó Marta, pero tiene muchas ventajas evangélicas.

-Según esto, ¿cómo preparáis la oración?

-No olvides que se trata de una oración de alabanza y ésta para ser sincera ha de ser espontánea. Es como si preparas una saeta o un piropo, perderían mucho de su gracia. Por eso todo lo que veas y oigas durante dos horas va a ser espontáneo.

Mucha gente pasaba y les saludaba. Paco se extrañaba de que nadie subrayara su condición de novato. Para la mayoría era como un amigo de toda la vida. De repente, una sombra de preocupación se le hizo rictus en la cara:

-¿Sabes Marta? Me está entrando un poco de miedo. Me temo algún contagio, algún comecocos.

-Tal vez quedes contagiado, pero no como tú temes. De todas formas, no te preocupes. Es todo muy sencillo, sonrió Marta con dulzura.

* * *




Y dio comienzo la oración. Paco no podía disimular. A pesar de todos sus propósitos, estaba a la defensiva. Sonaron algunas canciones semifestivas que fueron atrayendo la atención de la gente. Se levantó un señor como de unos 50 años. Era el encargado de dirigir la oración. Las palabras que salieron de sus labios eran de invitación. Apelaba a la interioridad, a la escucha, a hacer presente al Señor, que nos había convocado a todos un martes más. Jesús el Resucitado, continuó diciendo, el que vive para siempre está vivo en medio de nosotros. Él preside esta oración y, mediante su Espíritu, nos va a hacer saborear los bienes de arriba. Terminó su exhortación dirigiéndose personalmente al Señor con una oración espontánea: "Envíanos, Señor, tu Espíritu, que penetre en nuestros corazones. Que sea Él quien te alabe verdaderamente desde nuestro interior. Que clame Él con gemidos inefables. Danos tu presencia y que ésta, tu comunidad, prorrumpa en alabanzas".

En aquel momento vibraba el silencio. Sin previo aviso, suenan las guitarras, esta vez en plenitud de oración, y entonan una canción:"Espíritu Santo de Dios, ven sobre mí". La gente se mete dentro de sí. Cierra los ojos. Interioriza la canción. A Paco le impresiona la metamorfosis que se está obrando allí. Doscientas personas charlando y saludándose como se hace a la puerta de un teatro y, de repente, la atención de todos se concentra en un punto interior como si hubieran sufrido un encantamiento. ¿Qué artista genial se ha hecho presente en el alma de todas estas personas?

A Paco se le aflojaron los músculos. Nadie se preocupaba de él. Ni siquiera Marta que también había entrado en oración con una enorme libertad. Es como si estuviera solo. La asamblea se le hizo espectáculo y pudo observar a todos, sin que nadie le viera a él. Cantaban con los ojos cerrados. Parecía que todos habían entrado en contacto interior con Jesús resucitado. Miró a Marta, y la encontró bella, interior, relajada. La paz de la asamblea prendió también en su alma.
 
 

* * *


 





Pero su sorpresa no había llegado al colmo. Al terminar la última estrofa la gente inició una extraña armonía, que no era boca cerrada, no repetía la melodía de la canción, sino que creaba una nueva, sin letra, poderosa, multiforme. Cada uno cantaba lo que le salía del alma. A veces la armonía se espesaba, se hacía densa y estallaba casi en júbilo y en grito. Marta se percató del estado de ánimo que podía tener Paco y acercándose a él le sugirió al oído:

-Esto que oyes se llama canto en lenguas.

La cascada de voces seguía densa. A veces aflojaba ligeramente, pero pronto volvía a elevarse el tono, como porfiando por llegar al techo del júbilo. Así durante varios minutos. San Agustín, un día, explicó muy bien lo que estaba sucediendo: "Dios mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras como si éstas fuesen capaces de expresar lo que le deleita a Él. Canta con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.

El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos" (Sermón 1 al salmo 32). La tradición cristiana ha visto, de esta forma, en el canto en lenguas, la forma suprema de la alabanza y la ha llamado "oración de júbilo" o "jubilatio".

La poderosa armonía de la asamblea se iba haciendo cada vez más fluida y en un punto inició un descenso casi en picado, se hizo débil en todas las gargantas y se posó con suavidad como el vuelo de una paloma.

-Alucinante. Qué pasada... musitó Paco.

* * *




A Marta no le dio tiempo a acoger estas impresiones de Paco. Al término del canto en lenguas no entró el silencio, sino que la asamblea prorrumpió en una cascada de aclamaciones a voz en cuello, en las que predominaban frases como éstas: "Gloria a ti, Señor. Bendito seas. Aleluya, aleluya. Tuyo es el poder, la gloria, el honor y la alabanza". De cada boca salían palabras distintas, pero todas a una. Expresiones diversas, pero un sólo grito. Incluso algunos daban palmas, otros levantaban los brazos y otros vitoreaban con fuerza. Al lado de Paco un hombre gritaba con fuerza: "que te aplaudan los ríos y te aclamen los montes, Señor". Marta suavizó el entusiasmo con el que estaba orando, pues presentía que Paco estaba un poco perdido ante tanta intensidad:

-Esto que escuchas ahora se llama oración de aclamación, susurró al oído de Paco. Es como si hubiera entrado un personaje muy famoso y muy querido en la asamblea. Sin duda la gente le aclamaría.

-Sí, pero aquí no ha entrado nadie, acentuó Paco un poco incómodo.

-Es que ya está dentro, sentenció Marta. Pero esto es un secreto.

-Sin duda que tiene que haber un secreto, aceptó Paco. O estáis locos o tiene que haber un secreto.

-¿Por qué no intentas entrar un poco en oración? Es la única forma de captar ese secreto, insinuó Marta haciendo ella un ademán de invitación.

Paco cerró los ojos e hizo un esfuerzo interior para conectar con algo. Pero no era el momento oportuno. La poca oración que había hecho en su vida fue siempre en situaciones de quietud y de silencio. Y aun así, apenas había logrado algo más que rezar, es decir, recitar una serie de oraciones con la intención de pedirle algo a Dios. Pero no tenía experiencia de una oración íntima, secreta, nacida del corazón. Más que con la oración había intentado acercarse a Dios siendo coherente y honrado, y ganándose la paz del alma con una dedicación y entrega a los demás. En la oración nunca había encontrado jugo. Se sentía vacío por dentro y la propia vaciedad le horrorizaba si en algún momento quería entrar dentro de sí. Por eso, a pesar de la invitación de Marta no pudo concentrarse.

Mientras tanto, seguían las aclamaciones y los vítores. Algunas personas daban la impresión de estar en trance. La mayoría, sin embargo, gritaban con fuerza pero dentro de una gran sobriedad y equilibrio. Es cierto. Ninguna de estas formas de orar está fuera de la Palabra de Dios, aunque sean tan distintas de lo que estamos acostumbrados a oír en nuestras iglesias. La oración comunitaria actual es demasiado hierática, anodina y estereotipada. La falta de vibración en nuestras celebraciones no está ayudando mucho a la causa del evangelio. A veces da la impresión de que no nos motivan ni las propias palabras que salen de nuestros labios.

En otros tiempos con más fe y menos complejos, no era así. El Espíritu se sentía menos bloqueado y podía hacer maravillas y crear auténticas celebraciones comunitarias. Cuando se tiene una experiencia viva y salvadora de Dios, la respuesta lógica es un grito de clamor y de alabanza: "Dichoso el pueblo que sabe aclamarte" (Sal.89,15). De nuevo: "Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo" (Sal. 47,2) Y en otro lugar: "En su templo un grito unánime: "¡Gloria!" (Sal. 29,9).
 
 

* * *


 





Al término de las aclamaciones sobrevino un silencio. Se percibía densidad en la atención. La gente estaba como a la escucha. Paco agradeció estos momentos de quietud. Necesitaba un descanso. Sin embargo, la asamblea seguía viva. Jesús, el Resucitado, seguía derramando su energía, es decir, su Espíritu sobre todos los presentes. No se veía a nadie encauzando ni dando ningún tipo de indicaciones sobre la oración, por lo que eran imprevisibles los derroteros por los que en adelante discurriría.

El equipo de música entonó otra canción. Era un estribillo: "Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". Lo repitieron varias veces con gran suavidad. Se notaba que el pueblo saboreaba estas palabras y las encontraba jugo. Paco lo encajaba ya todo sin pestañear, pero no pudo reprimir su curiosidad:

-¿Por qué la repiten tantas veces? preguntó dirigiéndose a Marta.

-Porque esta canción en este momento está ungida, y la gente la saborea como un manjar. En estas celebraciones la unción es un elemento esencial.

-¿Qué significa unción?

-Es parte del secreto del que te he hablado. Imagínate un picaporte que funciona mal, explicó Marta. Si le echas un poquito de aceite queda suavizado, ungido, y entonces da gusto abrir la puerta.

-¿Quieres decir que el Espíritu Santo ha puesto un poco de aceite en esta canción?

-Exactamente, asintió Marta. La unción es una experiencia sobrenatural. La perciben los que van ya entendiendo el lenguaje del Espíritu. La unción engendra todos los carismas. Si el Espíritu Santo pone un poco de aceite en las palabras de un predicador, te llegan ungidas y penetran muy hondo, como el aceite. Si pone aceite en un sufrimiento, lo vives con una fuerza especial que no procede de ti. Carismático en algún sentido significa ungido. Una oración, como ésta, es carismática cuando está ungida.

-A mí esto me suena a nuevo.

-La Iglesia desde siempre ha conocido este misterio, explicó Marta. En varios de sus sacramentos pone un poquito de aceite en la frente o en las manos de los que los van a recibir.

* * *




En aquel momento terminó la canción. Se percibía mucha unción en la asamblea. De repente una señora gorda y bien configurada se arrancó con voz fuerte en una plegaria personal. Paco se asustó un poco, pues la tal señora estaba inmediatamente detrás de él. "Señor, dijo la mujer, te doy gracias porque has estado toda la semana conmigo. Siempre estás conmigo. Sólo tú y yo sabemos, Señor, lo que estoy sufriendo. No te alejes nunca de mí".

A Paco le llegó esta oración y otras varias que siguieron en un tono semejante. La asamblea se distendió mucho durante bastantes minutos. Se notaba que algunas personas pugnaban por meter su oración particular. A veces se atropellaban un poco unas a otras y hablaban dos o tres casi a la vez. Paco se relajó. En este tipo de oración se encontraba más a gusto. Dirigió a Marta una mirada de complacencia, pero esta le respondió con una mueca indescifrable:

-¿No te agrada esto? preguntó Paco.

-No del todo.

-¿Y eso?

-Mira, las oraciones personales son importantes porque transmiten una acción genuina del Espíritu y la experiencia concreta de salvación en la historia de una persona y, como por un efecto de diapasón, de los demás, pero tal como van hoy no me están gustando. No hacen comunidad.

-Y ¿por qué me siento yo a gusto con ellas? dudó Paco.

-Porque tienen mucho de razón y mucho de sentimiento y en este terreno humano tú te sientes bien. Sin embargo, a mí hoy no me llegan ni con Espíritu ni con unción.

Marta tenía razón. Aunque haya muchas personas juntas orando, esto no quiere decir que siempre salga de ellas una oración comunitaria. Uno tiene que dejar de lado sus estados de ánimo del momento, su protagonismo y sus pequeños o grandes problemas personales o domésticos. Si hay muchas personas que lanzan su intervención desde sí mismas, sin tener en cuenta a los demás, habrá una retahíla de oraciones yuxtapuestas, pero no habrá oración de la comunidad. Y el efecto inmediato es la caída de la unción y el enfriamiento de los corazones.

Sin embargo, si en las intervenciones personales se atiende a la línea que va llevando el Espíritu, si se escuchan los unos a los otros, si uno se deja inspirar por las oraciones de los demás, si lo que interesa es el Señor y su acción en la comunidad, poco a poco va subiendo la unción y pronto se vuelve a experimentar que la oración la lleva el Señor, y el pueblo quedará sanado, consolado y fortalecido y se hará grande la unidad en los corazones.

Esto vale no sólo para las oraciones individuales sino también para la música, la predicación y los testimonios. Si el ministerio de música canta las canciones guiado por criterios estéticos, sentimentales o de moda, sin atender al ritmo y línea que marque el Espíritu, serán canciones sin unción y enfriarán la alabanza. Lo mismo en la predicación y en los testimonios. Estos últimos deben de estar fundamentalmente motivados por la oración y la predicación del día, aunque hayan sucedido hace tiempo. Si están desconectados de ella, aunque sean claramente del Señor, rebajarán el efecto comunitario de la oración.

Los jóvenes de música quebraron la serie de oraciones individuales con una canción destinada a aunar de nuevo a todos los espíritus en una alabanza más comunitaria. De nuevo se creó un clima de relativa interioridad. Después de la canción hubo un intento de aclamación que no culminó. Se creó seguidamente un silencio un poco forzado. De en medio del silencio surgió una voz fuerte: "Pueblo mío, te amo. Ábrete a la acción de mi Espíritu. Entrégame tus preocupaciones, tus ansiedades, tus problemas, que te roban la paz e impiden una comunicación transparente conmigo. Yo soy el señor de todos tus agobios. No dejes tampoco que tu corazón caiga en la trampa de los ídolos, que vacían tu espíritu de mi presencia y ahogan la alabanza en el umbral de tus labios. Vuelve a tu amor primero. Ámame con el mismo ardor con el que se ama a la esposa de la juventud. Deja que mi Espíritu realice en ti un camino poderoso, santo, profético. Te he elegido para que seas mi instrumento y comuniques mi salvación a otros hijos que hoy no están aún en el redil. Pero déjate salvar tú primero..."

Paco inquirió con los ojos a Marta y ésta susurró en voz baja:

-Es un profeta.

-¿Un profeta? ¿Como Jeremías?

-No sé. San Pablo habla de ellos. Creo que dice que son muy importantes para guiar al pueblo.

El hombre que dirigía la oración invitó a la asamblea a estar unos minutos en silencio para acoger el mensaje. Siempre se debe hacer cuando se proclama una palabra profética o una lectura bíblica. Las palabras habían causado gran impacto en la asamblea pues ésta penetró en un silencio profundo.

San Pablo, en efecto, habla mucho del carisma profético y, en un sentido amplio, deseaba que todos tuvieran el don de profecía. En las primeras comunidades cuando aún no había leyes ni estructuras, la palabra profética conducía al pueblo y le trasmitía órdenes del Espíritu. Su misión era la de descubrir los misterios de la Escritura; la de exhortar, animar y corregir al pueblo; y, a veces, la de leer en los corazones y anunciar el porvenir. Bernabé y Pablo fueron enviados a la misión evangelizadora en obediencia a una palabra profética, atribuida al mismo Espíritu Santo (Hch. 13,1-4). Más tarde al proliferar las costumbres, las estructuras y las leyes se fue apagando la inspiración y unción profética. San Ireneo terció en esta lucha, que ya era fuerte a finales del siglo II, diciendo que no debemos desechar en la Iglesia la práctica profética con el pretexto de que haya falsos profetas.
 
 

* * *


 





Después de varios minutos de escucha en silencio se fue iniciando un murmullo de aclamación. Poco a poco se fue haciendo denso. El pueblo estaba muy motivado por la palabra del profeta y, al fin, se desató en una auténtica aclamación.

El ministerio de música reforzó la alabanza entonando la canción: "Alabaré, alabaré, alabaré a mi Señor". En ciertos momentos la alabanza tiene que estallar en música para poder expresarse con toda la fuerza. Gran parte de la asamblea se puso en pie cantando con los brazos en alto. Un bello espectáculo. Marta estiraba sus brazos cuanto podía. En esa postura sonrió a Paco, que también se había levantado, invitándole a hacer lo mismo. Paco le devolvió la sonrisa, pero no levantó los brazos. Se sentía ridículo. Le pesaban como plomo. Sin embargo, le parecía normal que los demás lo hicieran. Esto le dio más rabia y se reprochó su incapacidad de hacerlo. Se consoló pensando para sí mismo: ¿Será también esto parte del secreto?

Al terminar el canto, que culminó con palmas y aclamaciones, todos se sentaron de nuevo. Un hombre alto, de edad avanzada, quedó en pie, con su Biblia en la mano en actitud de leer. El reloj marcaba una hora transcurrida totalmente en la alabanza. Con esta oración el pueblo, que se siente amado y salvado, ha respondido a la acción salvadora de Dios. Las diversas formas de hacerlo pueden variar según esquemas culturales o idiosincrasias, pero conservando siempre unas constantes que son netamente humanas. Éstas son: la alegría, la fiesta, la celebración, el gozo. Todas estas cosas engendran una serie de expresiones corporales innatas y espontáneas que van desde el baile a la adoración y se expresan en los más variados gestos. La alabanza no es sólo una forma de orar sino un estilo de vivir. El hombre que alaba es un ser positivo, optimista, tolerante, paciente, esperanzado, caritativo. Y es que la alabanza coloca al hombre en el mismo corazón de Dios, fuente de todas las sabidurías. Y ahí no le pides nada sino que le bendices porque existe, porque es bueno, por su inmensa gloria.

El hombre de edad avanzada, que quedó de pie con su Biblia en la mano, proclamó con voz potente: "Mucho más podríamos decir y nunca acabaríamos; broche de mis palabras: Él lo es todo. ¿Donde hallar fuerza para glorificarle? Él es más grande que todas sus obras. Con vuestra alabanza ensalzad al Señor cuanto podáis, que siempre estará más alto; y al ensalzarle redoblad vuestra fuerza, no os canséis que nunca acabaréis. ¿Quién le ha visto para que pueda describirle? ¿quién puede engrandecerle tal como es? Mayores que éstas quedan ocultas muchas cosas. El Señor lo hizo todo y dio a los humildes la sabiduría" (Si. 43,27-33).
 
 

* * *


 





El mismo señor, de unos 50 años, que inició la oración, se dirigió de nuevo a la asamblea: "Hemos terminado la hora de alabanza. Ahora vamos a seguir atentos al Señor, escuchando lo que nos quiera decir por medio de la hermana señalada para darnos hoy la enseñanza. Vamos a orar brevemente por ella". Le impuso las manos, mientras bastantes personas del pueblo hacían el mismo ademán desde lejos. Oró en estos términos: "Señor, hazte presente en el corazón de ésta tu hija, para que trasmita tu palabra a esta comunidad. Vacíala de sus preocupaciones, de sus intereses, de su protagonismo, de todo aquello que pueda quitar transparencia a tu mensaje. A todos nosotros danos un corazón dócil, de escucha, para que no pongamos obstáculos a lo que hoy nos quieras decir".

Se levantó una mujer como de unos 38 años. Comenzó a hablar con mucha suavidad. Era casada y tenía dos niñas. Había hecho la carrera de Químicas y trabajaba en un laboratorio. El tema que le habían señalado era la misericordia de Dios. No lo planteó de una manera teórica, partiendo de unos principios teológicos para llegar a unas conclusiones. Al contrario, ella había percibido esa misericordia en su vida que en ciertos momentos estuvo rota y perdida. Sobre todo enfatizó que el Señor había librado su corazón del odio y del resentimiento, a pesar de que humanamente tenía motivos más que sobrados para vivir de ese odio y resentimiento. Se encontraba limpia y eso la maravillaba. Ahí se le había hecho encontradiza la misericordia del Señor, pues todo lo atribuía a la acción de su Espíritu.

A Paco le encantó la media hora de enseñanza. Esta mujer no tenía un gran don de predicación, ni brillaba por las grandes ideas, pero en cambio tenía una gran transparencia y sencillez.

-Me ha gustado esta mujer, dijo Paco. He encontrado en ella una paz y un equilibrio sorprendentes.

-A mí también, asintió Marta. La conocía del grupo, pero nunca la había oído dar una enseñanza.

-Le ha salido el alma por la boca.

-Sí. Ha estado muy ungida. En la Renovación la experiencia es la fuente de donde brotan todas las aguas.

-¿Aquí no se aplaude nunca? inquirió Paco.

-No. Y si alguna vez se hace, el que dirige suele llamar la atención para que todo el protagonismo revierta sobre el Señor. Él es el que pone el aceite, y si no existe esta unción la predicación y la reunión entera no es otra cosa que un afán puramente humano.

A Marta le hubiera gustado explicar mejor las cosas a Paco. Pero en ese momento ya estaba alguien dando una serie de avisos sobre próximas celebraciones y retiros de otros grupos, a los que todo el mundo quedaba cordialmente invitado. Marta quería comentar a Paco que la predicación cristiana debe ser también renovada. Se ha hecho demasiada catequesis y demasiada teología en los púlpitos, y éstas por naturaleza llevan un componente objetivo racional que pertenece explicar a los maestros. Pero lo que hoy se necesita primordialmente no son maestros sino testigos. La gente hoy escucha más a los testigos que a los maestros, y si escucha también a los maestros es cuando son a la vez testigos. Testigos como lo eran los apóstoles. No basta pasar el evangelio por la propia cabeza, hay que vivirlo y pasarlo por la propia historia. De esta forma uno anuncia su propio evangelio, es decir, el evangelio de Jesucristo vivido en sus propias circunstancias. Y se hace testigo y se le da al Espíritu Santo la posibilidad de llegar al fondo de todas las situaciones de los oyentes.
 
 

* * *


 





Al término de los avisos, el hombre que dirigía la oración introdujo, con unas palabras, a toda la asamblea en la última media hora de la reunión. Este tiempo suele dedicarse a los testimonios. Advirtió a todos, como cosa ya sabida, que el testimonio debe ser corto, sencillo y que debía quedar patente en él la acción de Dios y no el protagonismo humano. Añadió que nadie tenía derecho a callarse, por vergüenza, lo que había hecho Dios en su vida. Al contrario, debe ser publicado para gloria de Dios y edificación de la comunidad. El testimonio, concluyó, es una de las formas más bellas de compartir la fe.

En primer lugar se levantó un hombre que contó una extraña historia en la que difícilmente se vislumbraba la actuación de la fuerza o el poder de Dios. Apenas ofreció interés de ninguna clase. Lo mismo ocurrió con el testimonio de una señora que se enredó con asuntos de su familia. En tercer lugar habló un chica de 28 años. Ésta sí llegó al corazón de la asamblea:

Comenzó diciendo que hasta ahora nunca había dado testimonio en público, pero que la charla la había motivado y dado fuerza para proclamar en voz alta la misericordia del Señor en su vida: "Llevo tres años en la Renovación. Yo no tuve a Dios nunca como punto de mira. Me educaron cristianamente, pero me sirvió de poco. Me fui por mis caminos y, sin darme cuenta, me alejé tanto de Dios que entré en un pozo muy hondo. En mi vida no había nada salvable: he sido alcohólica y tóxicodependiente, sin terminar nada en los estudios, sin trabajo, sin ideales. En estos tres años he ido intuyendo que el Señor nunca me ha dejado, ni siquiera aquellas noches que llegaba a casa borracha, vacía, rota y destrozada. Siempre me ha puesto a alguien que me ha protegido, pues yo muchas veces no sabía dónde me había levantado, ni con quién había estado, ni lo que había hecho.

Alguien me habló de venir aquí. El primer día oí que nadie viene por casualidad, sino que es el Señor el que verdaderamente nos conduce. Pensé con burla para mis adentros: "te lo crees tú. Yo estoy aquí porque se lo he prometido a una persona que está harta de mis delirios, de mis borracheras y de mis vomitonas, y quiero darle un poquito de gusto". Lo primero que recibí en esta comunidad fue amor. Y al amor, aunque fuera una pizquita, nunca me he negado. En la calle no he encontrado el amor jamás. Allí sólo encontré mucha oscuridad, mucha decepción, mucho daño, mucho odio y enconamiento. Pronto me di cuenta de que la misericordia de Dios andaba por medio y empecé a sentirme mejor. Llevaba muchos años bebiendo y haciendo de todo, pero logré estar unos días en casa sin salir. Me lo pasé muy mal. Todo eran temblores y me sudaban hasta las pestañas. Pero me fui tranquilizando al cabo de unos días. Con esta fuerza que iba recibiendo fui capaz de ir a un programa de rehabilitación de toxicómanos. Ha sido largo y terrible. Pronto me darán el alta terapéutica, con lo que ya estoy sana y útil para la sociedad. Pero en lo que se refiere al Señor, yo sé que Él me sanó el primer día que entré aquí.

Mi vida ahora no tiene nada que ver con la de antes. Ahora está llena del amor de Dios y de los hermanos. Gracias a esto saco fuerzas para pronunciar un nuevo sí cada día. Nadie piense que ahora soy maravillosa. No. Sigo con las mismas tendencias de siempre, a mi cuerpo le gusta lo de siempre: salir, beber, ser humana, no pensar en nadie, librarme de toda traba y hacer mi vida. Pero yo ya sé que estas cosas se te presentan muy bellas y atractivas, pero al final te hunden en el infierno. Y no lo hago, porque el Señor ha permitido que yo elija seguirle a Él. Y en ello experimento y, eso es lo increíble, que el Señor me quiere. Y eso me hace vivir, me hace ir a trabajar, estar con mi familia y con vosotros, me hace abrir mi corazón absolutamente a todo. No me importaría que viniera alguien que me demostrara con toda clase de argumentos que Dios no existe; me daría igual. Yo he sentido su amor tan real, tan físico, tan rompedor de toda mi vida y de todos mis esquemas, que no me haría mella. No me importa estar vulnerable, estar en tela de juicio. Lo único que me importa es Él, y que Él no me retire su mirada. Yo estaba muerta, pero Él resucitó en mí con todo poder y fuerza, y creo que por eso permitió que me sucediera lo que me sucedió. ¡Gloria al Señor!".

Al acabar el testimonio hubo un fuerte murmullo de agradecimiento al Señor por lo que acababa de oírse. Después hubo unos momentos de peticiones espontáneas. La gente pedía por diversas necesidades. Finalizada esta oración de petición, sin más, el pueblo entero se levantó, se cogieron de las manos los unos a los otros, y se cantó el padrenuestro. Con ello se dio por finalizada la oración.

Paco hizo un gesto de agradecimiento hacia Marta.

-¿Qué te ha parecido? preguntó ésta.

-No sé. No quiero simplificar. Me ha impactado, pero son demasiadas impresiones para asimilarlas de repente.

-Es natural, a casi todos nos ha pasado igual.

-Una cosa está clara para mí, añadió Paco. Si a la Iglesia se viene a celebrar la fe, vosotros verdaderamente la habéis celebrado. Pero yo no tengo esa fe. ¿Cómo la habéis adquirido?

-Ése es el secreto, concluyó Marta. Si vuelves, ten seguro que se te revelará.

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