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La Renovación Carismática

 

RETIRO DE EFUSIÓN

A las cinco de la tarde ya había llegado mucha gente a la casa de ejercicios. A pesar de la reticencia de algunos, se prevee que la gran mayoría asistirán al retiro. Hacía frío. A través de los ventanales se veían caer, marchitas, las últimas hojas del otoño. Deambulaban por la galería: un sacerdote, varias monjas, matrimonios, grupos de jóvenes y algún solitario. Todos esperaban, después de inscribirse y de haber dejado sus pertenencias en la habitación, a que comenzara el primer acto del retiro.

Aparecieron Paco y Marta con otros jóvenes. Ruth no había llegado. La gente se saludaba con cierto cariño. A Paco siempre le llamó la atención que el grupo fuera tan heterogéneo. Tal vez lo que más le chocaba era la coexistencia pacífica e incluso cariñosa de los jóvenes con personas que, muchas de ellas, les doblaban sobradamente los años. Saludó al único sacerdote que estaba haciendo el Seminario, al que conocía de las clases de religión. Se llamaba Pablo. Conversaron un rato:

-Aquí hay gente de toda especie, bromeó Paco.

-Es cierto, respondió Pablo. Está representado todo el pueblo de Dios.

-Pero lo que más me sorprende, continuó Paco, es la facilidad con que los jóvenes se integran en un conjunto en que hay también muchos mayores.

-Sí, da la impresión de que aquí no hay conflictos generacionales. Ya había pensado yo en ello, agregó el sacerdote. Tal vez sea porque aquí tienen poca cabida las ideologías y los intereses personales que tanto separan. Todos vamos en busca de una experiencia y, éstas, sobre todo las religiosas, no tienen edad.

-Es cierto, asintió Paco, las ideologías, las costumbres, las modas siempre tienen fecha de nacimiento y caducidad.

* * *




Siguieron paseando y conversando un rato. Marta, que ya había saludado a todo el mundo, se acercó a ellos para avisar que a las 5.30 tenían que reunirse en una sala destinada para ello. Le hicieron partícipe de su conversación, que había derivado a la presencia de curas y monjas en estos grupos.

-A mí, como seglar, me parece extraño que haya aquí curas y monjas, dijo Paco. Sobre todo, me extrañan las monjas.

-Pues en todos los grupos encontrarás cantidad, advirtió Marta.

-¿Es que no tienen ellas sus propias comunidades, su carisma, su espiritualidad?, siguió reflexionando Paco.

-No sé, dijo el sacerdote, no estoy del todo aclarado. Sin embargo, por lo que he podido ver en estos cuatro días, aquí se nos ha hablado de cosas anteriores a la división de carismas, funciones o vocaciones. Esto, lo mismo vale para el obispo, para el ama de casa, que para el portero del 18.

-Ya, eso es verdad, asintió Paco.

-Yo he sentido, prosiguió Pablo, que el campo que la Renovación quiere regenerar es precisamente ése que es común a todo cristiano: el del Bautismo y la Confirmación, es decir, los dos sacramentos pentecostales por excelencia. La mayoría damos por supuesto que estando bautizados y confirmados ya no hay más que hacer. Pero está claro que aquí hay una asignatura pendiente. Por eso, nuestro cristianismo se queda raquítico. A mí, por lo menos, me está haciendo bien y no me extraña que le suceda lo mismo a las monjas. En su congregación seguro que les hablarán mucho de su carisma, sus normas y constituciones, pero poco de su bautismo.

-Por eso, terció Marta, he oído decir que, a veces, somos "buenos católicos" o "buenas monjas", pero poco cristianos.

-Sí, no me extraña que digan aquí, siguió el sacerdote, que de alguna forma necesitamos ser rebautizados. Porque si en el bautismo que recibimos no ha habido iluminación, no ha habido experiencia de que Jesús vive, jamás podremos llegar a la Eucaristía, que es la fuente de la caridad que nos hace verdaderamente cristianos.

* * *




Una mujer anunció el programa para toda la tarde: después de un rato de oración, habrá una charla y, al cabo de un breve descanso, se tendrá el acto penitencial y la intercesión. Finalmente se acabará el día con la eucaristía después de la cena.

Cuando se iba a iniciar la oración llegó Ruth con los acompañantes de su barrio. El rato de oración fue corto y sencillo, apenas una media hora. Acto seguido se tuvo la charla programada, cuyo tema, al menos en el grupo Agua viva, suele versar siempre sobre los dones y los carismas.

El sacerdote comenzó su charla buscando el sitio de la Renovación carismática dentro de un amplio esquema teológico del cristianismo. Con palabras distintas repetía el tema de la conversación que acabamos de escuchar entre Paco, Marta y el sacerdote asistente al Seminario. "La Renovación carismática, comenzó diciendo, nace de una fuerte experiencia bautismal. La finalidad de este retiro es recibir ese "segundo bautismo" que, ciertamente no es un nuevo sacramento, porque el Bautismo imprime carácter, pero que hoy se hace imprescindible para llevar a cabo una nueva evangelización de la Iglesia. Son millones los testigos que, a lo largo y ancho del mundo, pueden avalar estas palabras.

Alguno se preguntará la razón de esta práctica un poco novedosa y que introduce en la Iglesia la incomodidad de una exigencia nueva. A esto debería responder sólo el Espíritu Santo, que es el que ha suscitado la Renovación carismática y la urgencia de una nueva evangelización. Tal vez se deba a que hoy, en amplios sectores de la Iglesia y del mundo, hay una pérdida creciente de fe y una carencia grande de valores éticos y religiosos, que amenazan con degradar seriamente las relaciones entre los humanos. Se necesita una fe nueva, una mística nueva, una experiencia nueva de lo sobrenatural. Y esto pertenece de lleno al campo de acción del Bautismo.

Por eso, la Renovación se coloca en la onda del kerigma o predicación, que es el que engendra la fe. Es lo que habéis escuchado los cuatro primeros días del Seminario. Imaginad por un momento que no tenéis fe, o tenéis una fe transmitida, cultural, sin garra ni incidencia práctica en vuestra vida. Por el contrario, lleváis una vida prácticamente pagana, aunque nadie quiera confesárselo a sí mismo. Entonces, ¿qué es lo que necesitáis?: ¿Una catequesis? La catequesis supone la fe. ¿Una moral? La moral se basa también en unos principios religiosos. ¿Una ética? Se puede llevar una vida ética y moral sin tener nada que ver con Jesucristo.

Necesitáis a Jesucristo, bautizaros en Jesucristo, sumergiros en Él, si queréis ser cristianos a fondo. Con este bautismo se recibe un don especial del Espíritu Santo que fortalece la fe, la esperanza y la caridad iniciales. Os sitúa, ya desde el principio, en una vida a nivel de los dones, dándoos una sabiduría y visión nueva de todas las cosas. De este bautismo nacen también los carismas básicos, que son como propiedades inmediatas que brotan de una presencia viva del Espíritu: un hablar nuevo, una oración nueva, una canción nueva, una visión profética nueva y una medicina nueva que se derrama sobre los bautizados en sanación y liberación.

Para ello hay que estar abiertos a la acción de ese Espíritu. Ése es el objetivo básico de este retiro: abrirnos a la acción del Espíritu. No basta con tener buena voluntad. A veces hay pecados y tendencias que se resisten a ser desalojados; otras veces nos encontramos bloqueos interiores, traumas, complejos, resentimientos, mecanismos de defensa a los que nos aferramos. No es fácil quedarse desnudos delante de Dios. No es siempre posible decir: "Señor, someto toda mi vida a tu señorío". Si uno no es dueño de su vida, si no te dominas a ti mismo, ¿cómo te vas a entregar? No podemos invalidar esta tentativa nueva de recibir los frutos del Bautismo".
 
 

* * *


 





Ruth se hizo la encontradiza con Marta y Paco. Les saludó con cariño, pero se quedó un poco cortada por la presencia del sacerdote. Nunca en su vida había hablado con un cura. Habían iniciado el rato de descanso y se dirigieron a tomar un café. Ruth estaba muy viva y con ganas de comunicarse:

-No he entendido ni una palabra de lo que ha dicho este hombre, dijo.

-A mí me ha gustado, añadió Paco, pero me he sentido como si me hablara de "Alicia en el país de las maravillas". Mi novia siempre se pone en una perspectiva semejante. Yo, claro, me paso los ratos discutiéndole todo. Ella ve cosas que yo no veo. Una de dos, o yo estoy ciego o ella se pasa de rosca.

-Pues si conocieras a mi suegra, te caías, replicó Ruth.

-Mejor, terció Marta, así vivís un poco la esperanza. Es el Señor el que viene, es Él el que viene a vosotros. No tenéis que hacer vosotros el camino para juntaros. Es Él el que está viniendo ya.

-Lo que yo necesito, confesó Ruth, es convencerme de que quiero que venga. Yo no sé si necesito a Dios. No sé siquiera si me interesa una experiencia con Él. Si me diera un hijo... pero me parece mucha cara pedírselo. Nunca le he hecho caso y cuando me viene la dificultad, acudo.

-Bueno, Jesús vino por los pobres, replicó Marta.

-Sólo le podemos reconocer en nuestras pobrezas, asintió Pablo, en lo que necesitamos ser salvados en cada momento. La vida y la fe son muy concretas. Yo no puedo saber que Dios es bueno conmigo a no ser que lo experimente en alguna de mis necesidades.

-Por eso, continuó Marta, tú le puedes pedir al Señor un hijo y cualquier otra cosa, aunque sea pequeñita, como un niño le pide a su padre.

-Ya, pero me parece mucha cara, arguyó Ruth.

-Porque aún no te sientes amada, no te sientes hija, concluyó Marta.

* * *




Después de hacer un momento de oración y cantar una canción el sacerdote explicó el contenido del acto siguiente: confesión e intercesión. Enfatizó la necesidad del sacramento de la confesión antes de recibir la efusión del Espíritu: todo lo que está actualmente en nuestro consciente que puede ser óbice a la gracia ha de ser presentado y entregado al Señor en la confesión. Es inútil presentarse a la efusión, por ejemplo, con un odio al que no quieres renunciar. Ese odio bloqueará el camino a la gracia. Tú dices: es que no puedo dejar de odiar. Bien, vamos a ver: el dejar de odiar en ocasiones no está en manos del hombre, pero la gracia nos ayudará a pedir esa fuerza al Espíritu Santo. Eso es lo que se hace en la confesión, pues para Dios no hay nada imposible. De esta forma, a la vez que experimentas y te gozas del perdón de Dios, permites a Jesucristo entrar con su poder en el campo de tu pecado.

Pero además de los pecados conscientes hay un entramado de malicia en tu interior al cual tú no tienes acceso. Hay actitudes, tal vez trasmitidas de generaciones anteriores, que actúan en ti como un pecado original, que es un pecado de trasmisión. De repente, te encuentras odiando a una gente y sintiendo antipatía por otra sin saber bien por qué. Hay algunos que por trasmisión o por una herencia espiritual odian a la Iglesia y a los sacerdotes; otros, por lo mismo, no pueden soportar a los negros, o a los de derechas, o a los protestantes. ¿Tú conoces a algún protestante? Yo no. Entonces, ¿por qué les tienes antipatía? Pues no sé. Te viene de generación en generación. También se trasmiten inclinaciones hondas a la bebida, al juego, al sexo. Igualmente se trasmiten influencias del espíritu del mal. Tu abuelo, tal vez, fue espiritista. Todo esto tiene que ser sacado a la luz por la oración de intercesión y liberación, para que se dé una sanación interior, y pueda ser presentado después al sacramento de la confesión.

Nuestro pecado y el de otras personas, a lo largo de la vida, ha podido dejar en nosotros huellas profundas que tienen que ser conocidas, aceptadas y sanadas en la intercesión. A este grupo pertenece la gama de traumas, resentimientos, complejos, manías, obsesiones, frustraciones, depresiones, taras de todo tipo y la multitud de mecanismos de defensa que engendran. Podemos citar algunas causas de estos males: sufrimientos en el embarazo, no haber sido deseados, falta de amor y acogida de pequeños, orfandades, abandonos, pobreza de nuestro hogar, rigidez en la educación, imposiciones, malos ejemplos y tratos, soberbias y egoísmos, ateísmos y agnosticismos, violaciones de todo tipo, soledades, menosprecios, defectos físicos, taras mentales...

Hay que presentar también en la intercesión y en la confesión toda clase de actividades y supercherías relacionadas con la brujería, la adivinación, el ocultismo, las cartas, el tarot, horóscopos etc., cosas todas ellas que nos parecen inocuas pero que infectan seriamente nuestro espíritu. Finalmente debemos llevar también a la intercesión situaciones conscientes y reales de la vida personal, familiar y social, cuya solución no depende ni de nuestra voluntad ni de nuestro esfuerzo, pero que están afectando a nuestra falta de paz, a multitud de apatías, omisiones, tristezas, depresiones, desamores, desmotivaciones y, a veces, a una pérdida seria de fe, esperanza y caridad. En la intercesión todas estas cosas hay que ponerlas bajo el señorío y poder de Jesucristo, no sólo para adquirir el equilibrio humano perdido sino también para experimentar al hombre nuevo y renovado, fruto escatológico de su resurrección. A veces el efecto de esta oración se percibe en el acto y la gente sale profundamente consolada.
 
 

* * *


 





Varios sacerdotes se repartieron por la sala para escuchar confesiones. Paco fue uno de los primeros en acercarse al sacramento de la penitencia. Ruth se dirigió a Marta:

-¿Qué hago?

-¿Te da miedo confesarte? preguntó Marta.

-No sé, replicó Ruth. No lo he hecho jamás en la vida. No sé cómo se hace.

-Pero, ¿tú estás bautizada? se sobresaltó Marta.

-Sí, me bautizaron de pequeña. Pero fuera de eso nada.

Marta se quedó perpleja. No sabía qué hacer. Cuando Paco finalizó su confesión se acercó a ellas. Marta le puso al tanto de la situación. Paco dijo sin inmutarse:

-Esto se soluciona fácilmente. Voy a decírselo a Pablo. Él nos dirá lo que hay que hacer.

En ese momento estaba confesando. Al término de una confesión, Paco se acercó y se lo comentó:

-Nada más que pase este golpe fuerte de gente os veo, dijo Pablo.

Al cabo de unos minutos se acercó y ellos le pusieron al tanto del tema. Miró con cariño a Ruth y cogiéndola de un brazo se retiraron a pasear por el jardín. Mientras tanto algunos seguían confesándose; otros acudían a los cuatro grupos de intercesión, los cuales se habían distribuido por distintas habitaciones. La mayoría seguía en oración animada por el grupo de música.
 
 

* * *


 





Paco le consultó a Marta si debería presentarse a intercesión. No sentía gran urgencia en hacerlo. Él era un hombre tranquilo, equilibrado, de una familia normal. No había padecido conflictos ni familiares, ni religiosos, ni políticos. No detectaba en sí ningún trauma especial. El tema religioso era muy importante en su vida, pero más bien por tener un alma naturalmente buena y sensible para todo lo grande, lo bello, lo verdadero. Tenía muy desarrollado el sentido de la justicia. Una única carencia y un único temor le asaltaban de vez en cuando: el puesto de trabajo, abrirse paso en la vida al terminar su doctorado en Derecho.

Marta le respondió:

-La intercesión es buena para todos. Pero, de momento, no hace falta que vayas. Deja el sitio para otros que tengan más necesidad.

-Entonces ¿qué hago para prepararme mejor?

-Nada especial. Seguir el retiro de una manera normal. Trata de convencerte cada vez más de que es Él el que viene. Él es el que hace la obra. Es Él el que te busca a ti y por eso te ha llamado y traído aquí.

-Parece sencillo, aceptó Paco, pero no lo es. No tengo experiencia de que Dios venga a mí. Siempre he tenido la sensación de que yo le he buscado a Él.

Al momento se acercó Ruth. Venía sola y sonriente, pero con señales inequívocas de haber llorado.

-¿Qué tal? preguntó Marta.

-Muy bien, dijo Ruth, secándose con un clínex. El sacerdote ha sido un encanto, pero así y todo he tenido que hacer un esfuerzo terrible para mantenerme de pie. Creo que he quedado agotada de los nervios. Tenía una sensación difusa y extraña de que iban a violar mi interior. Pero me siento liberada. Es la primera vez en mi vida que me he mirado por dentro, que he examinado mi pasado, que me he juzgado a mí misma por causa de mis actos.

-A lo mejor te venía bien ahora ir a intercesión, insinuó Paco.

-No, replicó Marta. Tal vez sea todo esto demasiado fuerte.

-Me siento con fuerzas, dijo Ruth. Es otra aventura...

Sin embargo, había mucha gente esperando para entrar a la intercesión. Como se hace individualmente y sin prisas, a veces es imposible satisfacer tanta demanda, incluso habiendo como aquí cuatro grupos. Se acercaba el momento de la cena. Mientras tanto pasearon un rato por la galería. Marta estaba a gusto con Ruth. La iba cogiendo cariño por momentos:

-Ruth, te veo bien, le dijo.

-¿Sí? replicó ésta.¿Bien? ¿De qué? porque yo estoy como en un quirófano.

-Yo creo que va a suceder en ti algo importante, confidenció Marta. No tengo idea de lo que va a ser. Lo presiento. Sea como haya sido tu vida, alguien ha preservado tu corazón. Te veo sencilla y pobre de espíritu. Tienes una gran capacidad de acoger. No te veo endurecida, ni a la defensiva, ni contra nada.

* * *




Terminada la cena y el rato posterior de reposo, la gente se iba acercando a la capilla. No habría eucaristía sino un tiempo de adoración y, mientras tanto, seguirían las confesiones y los grupos de intercesión. Esta vez Ruth entró pronto en la habitación.

Allí se encontró con tres personas que iban a orar por ella. La acogieron sonrientes y, con mucha naturalidad, le indicaron que se sentara en una silla que estaba en el centro de la sala. Después de algunos saludos la invitaron a explicar sobre qué quería que se centrara la oración. Ruth contó un poco la trayectoria de su vida. A la vista de ello decidieron orar para que el Señor se le hiciera presente sin más. Él sabe mejor que nadie, le dijeron, para qué te ha traído aquí y cuáles son tus verdaderas necesidades.

Le impusieron las manos y oraron por ella. Al principio se sintió un poco confusa. Le pasaba por la mente que iba a sufrir algún tipo de conjuro o de magia. Sin embargo, algo fue captando su atención hacia dentro de sí misma. Sentía un calor hondo en el centro de su pecho que, poco a poco, derivó en una especie de paz interior. Se le fueron los miedos y las prevenciones. Estaba a gusto. Se daba cuenta que la oración le estaba haciendo bien. Se sentía amada por dentro, en un lugar donde hasta ese momento no le había llegado ninguna impresión ni ningún amor.

Una de las personas leyó de la Biblia: "¿Qué ves, Jeremías? Veo una rama de almendro en flor. Y dijo el Señor: Has visto bien. Así soy yo: un centinela para que mi palabra se lleve a cabo" (Jr. 1,11). La persona que había leído, muy ungida, le explicó: "La flor del almendro es el preludio de la primavera. El Señor te anuncia una experiencia de primavera. No te habla con un lenguaje de ideas sino de amor. Él mismo dice que hará de centinela contigo, para que se cumpla esta palabra".*** Ruth rompió a llorar. No eran tanto las palabras con que la acababan de hablar, como la presión en su pecho. Se sentía amada como nunca lo había sido. Su cerebro estaba vacío. No tenía ni una sola idea, pero su corazón le estallaba. Salió de allí semiflotando y, sin ver a nadie, se fue a la habitación. Tumbada sobre la cama lloró mucho rato. Las lágrimas le hacían bien. No sentía deseos de hablar con nadie. Al poco rato se acostó agotada.
 
 

* * *


 





Hizo viento aquella noche. En los cristales presionaba con fuerza el hostigo del invierno. Ruth durmió de un tirón toda la noche. Al despertarse continuaba la sensación de paz interior, hasta el punto de encontrarse extraña dentro de sí misma. Otras personas, en cambio, apenas habían dormido y hubo un grupo de jóvenes que ni siquiera se acostó, a pesar de las repetidas recomendaciones en contra que se habían hecho. En un principio continuaron en la capilla cantando canciones y orando. Después se fueron a una habitación y pasaron el rato compartiendo. Al amanecer salieron a pasear, hasta que el frío y la incomodidad del viento les hizo recluirse de nuevo en el edificio. Allí se encontraban tomando café en las máquinas automáticas, cuando sonó la música despertador a las 8 de la mañana. Marta y Paco se habían quedado con ellos en la capilla, pero más tarde se fueron a dormir.

A las 10 darían comienzo los Laudes. Iban llegando poco a poco personas que querían acompañar en la efusión del Espíritu. Llegó la suegra de Ruth. Llegó también Mabel, la novia de Paco y otros, unidos con algún lazo sentimental, familiar o espiritual, con alguno de los que iban a recibir al Espíritu Santo. Se iba haciendo cada vez más sensible el ambiente de familia en el que todos eran acogidos.

Comenzaron los Laudes con una bella canción que termina saludando al amanecer de aquel día con un acento especial: "Bendita la mañana que trae la gran noticia de tu presencia joven en gloria y poderío". Ruth saboreó como nadie esta alabanza. Nunca en su vida había rezado unos Laudes, ni sabía siquiera lo que significaba la palabra, pero había fiesta en su corazón. Ella sabía que podía bailar, gritar, saltar, levantar los brazos, hacer cualquier cosa extraña. Sin embargo, su cerebro seguía vacío sin ningún tipo de ideas, por lo que no podía contar nada a nadie. Sólo podía expresarse y comunicarse con gestos y con gritos. Se miraba a sí misma desde fuera y se veía ridícula, pero desde dentro se sentía motivada. Todos estos gestos quedaban ahogados en su propia cuna porque su suegra y su propio ridículo la cortaban un montón, pero comprendió la raíz de la auténtica alabanza. Marta, dándose cuenta, se le acercó al oído y le dijo:

-Tú has recibido ya la efusión del Espíritu Santo.

Finalizados los Laudes el sacerdote que predicaba el Seminario inició una charla. Iba a hablar sobre el Espíritu Santo. Comenzó diciendo: "¿Conocéis a este extraño personaje? Hay muchas personas, incluso entre los cristianos, que no le conocen, que nunca le han experimentado. Sin embargo, sentirle a Él, conocerle, acoger su acción, es la clave para comprender todo el misterio. Un cristianismo sin Espíritu Santo nunca será otra cosa que una ideología más, un moralismo más, un fundamentalismo más.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha amado mucho a este personaje. Se ha sentido habitada, movida, dirigida, motivada, amada por Él. Su presencia hace santa a la Iglesia, a pesar de que esté constituida por pecadores. La Iglesia no es un club de perfectos, es un conjunto de pobres y necesitados en los que el Espíritu va haciendo una obra de embellecimiento. Cuando el Espíritu Santo habita en un alma, reside en ella el amor de Dios, su gracia y su salvación.

Dios quiere que su presencia no pase desapercibida, quiere que se note. Por eso, el Espíritu saca de cada ser humano lo mejor que tiene: una alegría nueva, un amor, una alabanza, una vida nueva. Sin el Espíritu Santo el hombre no es más que lo que es y termina ahogado en su propia impotencia y sinsentido, que es el estipendio del pecado. Con el Espíritu Santo ha entrado el cielo y la vida eterna en cada uno de nosotros".

Al terminar la charla, Ruth se dio cuenta que amaba al Espíritu Santo. ¡Quién se lo iba a decir a ella que hasta hace unos días apenas le había oído nombrar! Le hubiera gustado gritar: "Dios es real, existe, está aquí". Su lengua, sin embargo, estaba bloqueada, no podía hablar. Su único desahogo seguían siendo las lágrimas. Lloraba con una sobriedad que la hacía más bella que nunca. Descubrió otra novedad dentro de sí: todo el mundo le parecía distinto. El amor que se había derramado sobre ella le hizo aceptarse totalmente a sí misma en cada uno de los minutos de su pasado y de su presente. Y se reconcilió con todos. Aceptó el pecado de todos, la soledad y la condenación de cada uno de los seres humanos y empezó a amarles desde dentro. El juicio fue aniquilado dentro de ella y veía a todos buenos, guapos, simpáticos, amables. Su corazón sintió misericordia y compasión por su suegra, por su marido, por toda la gente de su casa. Hubiera corrido a abrazarlos a todos. Se sentía desbordada y superada. El volcán, sin embargo, ardía sólo por dentro. Hacia fuera apenas brotaban los signos. No obstante, en los más cercanos se despertó una simpatía nueva hacia ella. La veían distinta. Pero todos estaban preparados para la sorpresa.
 
 

* * *


 





Las 12.30 era la hora marcada para la efusión del Espíritu. La cita era en la capilla preparada ya para el efecto. Delante del altar, en medio, estaban unas quince sillas colocadas en semicírculo. La gente se iba acomodando en los laterales del oratorio. Como de costumbre, se cantó una invocación al Espíritu Santo, seguida de un momento de oración para centrar los espíritus. El sacerdote salió al medio y pronunció unas palabras para ambientar la ceremonia y motivar una apertura total a la venida del Espíritu.

"Imaginad, empezó diciendo, que vais a recibir un bautismo. Bautizarse por una persona significaba en la antigüedad adherirse a ella, entregarse. Aquí nos bautizamos por Jesucristo, optamos por Él o, como hemos dicho, sometemos nuestra vida bajo su señorío. Si lo hacemos, Él responderá regalándonos el Amor del Padre que es el Espíritu Santo. Entonces sucederán en nosotros mil maravillas.

En este pequeño catecumenado que hemos seguido hasta aquí, el propio Espíritu nos ha ido conduciendo hasta el umbral de esta entrega y sólo espera nuestro sí para derramarse a torrentes. Juan nos dice: "Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego" (Mt. 3,12). Con la resurrección de Jesucristo ha venido sobre el mundo una irrupción nueva, única, definitiva del Espíritu de Dios. El Resucitado nos lo envía a manos llenas. Pero no pensemos que el Espíritu es alguien distinto de Jesús. Sabemos que en Dios se distinguen las personas pero, de cara a nosotros, en nuestra percepción, experimentar al Espíritu es conocer a Jesús. Él vive y se hace Señor, mi Señor, en las vivencias que el Espíritu provoca en nosotros.

Vamos a pedir este Espíritu con una ceremonia supersencilla. La comunidad, como cuerpo de Cristo, va a implorar del Padre que conceda ese Espíritu a aquellos que lo pidan. Lo va a hacer con la oración y con un sencillo gesto de imposición de manos. Así lo hacía Jesús para bendecir y curar; igualmente los apóstoles trasmitían la gracia y las bendiciones por medio de este gesto. Por nuestra parte, además de ser un gesto quasi sacramental, conlleva un significado de solidaridad, de cariño y de caridad hacia los que lo piden.

Os va a parecer todo muy sencillo; pero millones de testimonios podrían dar fe de que Dios ha unido a este gesto y a esta oración gracias especialísimas. Sólo Dios conoce sus designios, sólo Dios sabe por qué en estos momentos de soberbia racional y descreimiento se necesita una revalorización del bautismo; pero los frutos están a la vista. Pedidle a Dios que aumente vuestra fe, pues es sobre todo un acto de fe. Ninguna oración cristiana produce efectos mágicos. Aquí no hay magia, sino la espera paciente de la fe, que a veces tarda mucho en manifestarse. Si Dios nos concediera siempre lo que pedimos, y al momento, la oración no sería una piedad sino un negocio. Sin embargo, abríos a todos los dones y carismas del Espíritu. Que nadie se sienta indigno; nuestra miseria y pecado, puestos delante de Dios no nos hacen malos, sino pobres e indigentes. Lo que el Espíritu ha comenzado, que Él lo lleve a feliz termino".
 
 

* * *


 





La oración de efusión se va a hacer en tres tandas de unas quince personas cada una. Una vez que las quince de la primera tanda se sentaron, el grupo de servidores y otras personas se colocó detrás de ellas para imponerles las manos. Detrás de Paco se puso su novia Mabel. Marta impuso las manos a Pablo, el sacerdote. Las guitarras entonaron "Espíritu Santo de Dios, ven sobre mí", en medio de una concentración y silencio impactantes. Al término de la canción siguió un largo y poderoso canto en lenguas. El sacerdote predicador recogió la unción de la oración para hacer una especie de imprecación o epíclesis pidiendo al Espíritu Santo que bajara sobre cada uno de los "neófitos", les sanara y les revistiera de una fuerza nueva. El momento era emocionante y se escuchaban lágrimas y sollozos entrecortados.

Uno de los servidores leyó con fuerza un pasaje de la Biblia: "No temas. Yo te he rescatado. Te llamo por tu nombre. No podrán anegarte las olas del mar. Aunque pases por aguas profundas, yo estaré contigo. Tampoco el fuego te quemará ni la llama prenderá en ti. Yo soy tu protector, ya que eres precioso a mis ojos. ¿Te acuerdas de lo pasado? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo, ya se está realizando, ¿no lo notas?"(Is. 43,1 y 18).

La oración sobre este primer grupo duró como unos quince minutos. Ruth no se sentó en las sillas hasta que lo hizo la tercera tanda. Tenía una cara extraña, como desencajada. Se inició este tercer momento con un canto en lenguas fortísimo. Parecía que no iba a tener fin. Era Paco el que le estaba imponiendo las manos a Ruth. Lo hacía con fuerza y con cariño. No se hizo otra cosa que orar en lenguas hasta que alguien proclamó de nuevo unas palabras del profeta Isaías: "No se oirá hablar más de violencia en tu tierra, ni de despojo o lamento en tu recinto. Al contrario, tu defensa será la salvación y tu salida la alabanza. Tu luz nunca más vendrá del sol, ni el resplandor de la luna será quien te alumbre de noche. Yahvé será para ti luz eterna, y tu Dios será tu hermosura"(Is. 60,18).

Una mujer gritaba con fuerza y era atendida por dos o tres servidores. Sin embargo, había varias personas tendidas en el suelo a las que, al parecer, nadie prestaba atención. El sacerdote invitó a todos a darse la paz. Con extraña lentitud la gente iba fundiéndose en largos abrazos. Todos a todos. Parecía que querían demostrarse un cariño largamente retenido, al cual se le ha dado suelta, una vez destruidas las murallas del egoísmo y del miedo.
 
 

* * *


 





La comida hoy empalmó una larga sobremesa. Había ambiente de fiesta, ganas de compartir y de comunicarse. Algunos grupos salieron a tomar café y a liberar la tensión de la mañana por los bares vecinos. Nadie parecía frustrado. El grupo de nuestros protagonistas se fueron juntos, pero no separados, pues había crecido entre todos la confianza y la necesidad de conocerse. Por eso, todos hablaban con todos.

Sólo dos actos ocupaban el programa de la tarde. En primer lugar un rato de testimonios y, seguidamente, la eucaristía final. La gente estaba ávida de saber lo que había pasado en cada uno. Necesitaban escucharse y contrastar todas las experiencias.

A la cuatro de la tarde ya estaban todos reunidos en la sala. Hubo un momento de oración y alguna canción para recoger los ánimos y crear el clima necesario para contar las obras del Señor. Uno de los servidores se levantó e introdujo la sesión recordando a todos lo que es un testimonio y subrayando las tres "ces" que lo definen: corto, concreto y centrado, no en el protagonismo humano, sino en la acción del Señor. Seguidamente invitó a la gente a levantarse y hablar.

No hubo una respuesta masiva. A la mayoría les costaba arrancar y les imponía mucho hablar en público. Fueron goteando los testimonios sin que hubiera muchos con auténtica garra. De repente se levantó Paco y empezó a hablar pausadamente: "No me es fácil dar un testimonio en este momento. Necesito tiempo para ir asimilando un cúmulo de impresiones que se agolpan en mi interior. Pero hay algo que tengo completamente claro: Dios ha actuado en mí.

Desde que entré en la facultad, siempre me vengo haciendo esta pregunta: ¿Qué añade el cristianismo a una persona que, sin ser cristiana, se comporta correctamente, es honrada, tiene sentido de la justicia y lucha por implantar en el mundo los valores éticos? ¿No nos basta con un humanismo sincero? Me parecía que el cristianismo era una bella idea, una utopía y un ideal, con gran solera histórica, pero un poco superfluo ya en nuestro tiempo. El mismo Jesús no pasaba de ser para mí una referencia histórica, ciertamente entrañable e interesante como hombre, pero perdida en el túnel del tiempo. Era para mí parte de una cultura y de una educación que me inculcaron de pequeño. Sin embargo, nunca quise romper con la fe. Estas cosas eran tentaciones, pero he seguido yendo a misa y practicando, si bien es verdad que muy desmotivado.

Ya a lo largo del Seminario se ha ido conmoviendo mi interior, a veces con fuerza; pero hoy ha sido demasiado. Durante unos minutos me he sentido como flotando, en otra dimensión, incluso de mi garganta salían sonidos que yo no emitía. Estoy seguro que algo se ha infundido en mí, algo me ha penetrado. En esta experiencia se me ha revelado que Él vive. Jesús vive. No es una referencia histórica, no yace adormecido en el túnel del tiempo. Él vive, es real, actúa en nosotros. Ya tengo alguien ante quien arrodillarme y decirle: mi Señor. Alguien que sé que va a salvar mi vida y llenarla de sentido. Se me ha revelado la dimensión del amor y de la misericordia. Entiendo que el cristianismo añade al humanismo una Persona en la que está el verdadero fundamento de todas las cosas. Una Persona, no una idea o un sistema de ideas. Una persona que nos abre el camino para el amor y la vida. Las ideologías no tienen sangre, por eso no nos sacan de nosotros mismos, no nos acercan ni a Dios ni a los hombres. Al humanismo le falta humanidad. Ningún humanismo me salvó de mi egoísmo, pues estoy sintiendo que no he amado a nadie en la vida, sólo me he amado a mí mismo y, a los demás, en cuanto servían a mis intereses. Mi pequeño yo siempre fue el centro de mi universo.

Ahora entiendo que me he cargado fardos demasiado pesados. He querido ser bueno, he trabajado y he luchado por los demás, he sufrido el peso de la vida. Leer un periódico o ver un telediario nunca me dejó indiferente, pues siempre me atrajeron las causas justas y me desazonaron las injusticias y atropellos de unos hombres contra otros. Pero ha sido todo desde mí, y todos esos mis esfuerzos se me revelan ahora como chapuzas. Yo no sabía que el propio actuar, aun con buena voluntad, está lleno de orgullo y soberbia y engendra vacío y discriminación.

El Señor me ha mostrado hoy en un segundo toda mi vida. Ha sido una ráfaga. Mi maldad no ha consistido en cometer una serie de delitos o pecados, sino en la orientación general de mi vida. Yo era el centro de mí mismo y de todas las cosas; yo era, para mí, mi señor. Creo que el bautismo resitúa al hombre y le orienta toda su vida. Siento que ése ha sido mi pecado original, del cual creo que he sido sanado hoy".

Marta le miró con ojos enaguados, mientras Mabel se levantó decidida y le dio un abrazo a la vez que gritaba "gracias, Señor, bendito seas". Ruth, sin embargo, estaba extrañamente quieta, como acobardada, limitándose a sonreir. La música entonaba después de cada testimonio unas breves estrofas. En este momento cantaron: "A ti yo me rindo, te adoro también, dueño absoluto, amén, amén".
 
 

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Nada más terminar la canción y como movido por un resorte se levantó Pablo, el sacerdote, y después de confesar que la valentía de Paco le había animado a él, continuó diciendo: "No me extraña que los Padres de la Iglesia llamen al Bautismo la "Iluminación", pues hoy yo me he sentido profundamente iluminado. Hoy he encontrado la clave para explicar un grave desconcierto interior que he padecido desde siempre. Con la psicología y la introspección me he ido conociendo a mí mismo, pero hoy se me ha revelado el corazón de mi propio misterio y con ello espero vivir en la paz y la reconciliación.

Mis males arrancan desde el mismo día que nací. Yo no fui aceptado, nunca fui querido, nunca encontré sitio ni hueco en la vida. La sensación de inseguridad cuando era niño fue aplastante. Mendigaba una mirada, no digo de cariño, simplemente no agresiva. Llegué a sentirme como un bicho que estorbaba en todas partes. Esto me culpabilizó de tal modo que aprendí pronto a rechazar conscientemente la vida, que me resultaba un peso tan cruel. Si nadie me quería, mi vida tenía que ser un delito y, por eso, me culpabilizaba a mí mismo por haber nacido y me preguntaba qué sentido tenía mi vida.

Los estudios representaron para mí la primera tabla de salvación. Tenía gran facilidad y sacaba muy buenas notas. Pronto identifiqué el estudio como mi salvador y el estudiar como mi salvación. Ahí podía ser alguien, ahí podía encontrar algo de identidad y seguridad. Hoy he visto también claro que el sacerdocio ha sido para mí igualmente una huida y una expiación. Ha sido mi segunda tabla de salvación. En mi inconsciente yo no me creía digno de la vida, ni capacitado para luchar por el amor de alguien. Sin embargo, en el sacerdocio he podido ser brillante por mi facilidad con los libros. Por eso, me ha servido de coartada para aminorar mis inseguridades, aunque en el fondo también aquí he sentido la necesidad de justificar mi existencia y de recabar mis derechos a un sitio en la vida, que tal vez nadie me discutía.

En este momento siento una paz profunda y una reconciliación. El Espíritu me ha revalorizado ante mis propios ojos. Me siento amado por Él. Al instante han perdido protagonismo todos mis males anteriores, que huyen de mi presencia. Hoy no tienen tanta realidad como tenían ayer. Me siento capaz de perdonar. Me siento reconciliado conmigo mismo, con mi pasado, con todas las personas que me hayan podido hacer daño. Creo que podré amar y comprender las pobrezas de todos.

Lo curioso es que yo no me sentí conmovido interiormente cuando me impusieron a mí las manos, sino cuando las impuse yo en la tercera tanda. Al terminar el primer grupo, en el que oraron sobre mí, me levanté frío, con el corazón duro y a punto de hacer un juicio peyorativo sobre todo lo que se estaba haciendo allí. Sin embargo, en la tercera tanda, cuando nos dijeron que impusiéramos también las manos los que lo habíamos recibido ya, me acerqué, impuse las manos a una persona y al instante noté que algo empezó a suceder dentro de mí. Sentí ganas de llorar, cosa que jamás había sentido y supe que se estaba sanando mi corazón. La tensión de toda mi vida se aflojó y me sentí con una paz increíble. Además, supe que el Espíritu vino a mí cuando yo estaba ejerciendo un ministerio sobre otra persona, lo cual significaba que el Señor convalidaba mi sacerdocio. Me hice sacerdote para huir, sin saberlo; ahora, el Señor me lo regala como efecto de su gratuidad y su elección".

Toda la sala se quedó impactada. No sólo por el testimonio del sacerdote sino sobre todo por su humildad. Su cara era prueba fehaciente de lo que había dicho. Se sentó pacífico y relajado, acogiendo con dulzura la simpatía que los ojos de todos le trasmitían.
 
 

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Todavía tenemos tiempo para dos o tres testimonios más, advirtió el que dirigía la sesión. Se miraban unos a otros y se pronunciaban nombres para animar a los más tímidos, pero muchos no se atrevían. Marta a todo trance quería que hablara Ruth y la estaba incitando continuamente a ello. Por fin, Ruth cedió: "Anoche, comenzó diciendo, sentí al ir a intercesión una experiencia interior muy profunda, como nunca la había sentido antes. Ayer supe que tenía alma. Hasta ahora no lo había sabido porque nunca tuve una experiencia interior. Anoche me sentí tocada, invadida, amada. Había como un fuego sabroso dentro de mí. Pero eso no me venía ni de mi mente, ni de mi voluntad, ni de ninguna reflexión mía. Simplemente me llegaba, me iba llegando y se metía en una parte de mi ser que yo no sabía que la tenía, porque nunca había sentido algo tan adentro.

Pero en el momento de la efusión, sorprendentemente, se me fue toda la experiencia anterior y me quedé fría, oscura, llena de dudas y de ansiedad. De repente me pareció todo mentira, una burla. Mi razón no fue afectada por la experiencia de anoche, sino que simplemente estaba bloqueada ante la intensidad de mis sentimientos. Sin embargo, por lo que veo, estaba al acecho, pues nada más que se me ha debilitado el gozo interior que tenía, ha tomado de nuevo el mando y me ha sugerido que todo esto es una burda pantomima, que siga como he sido siempre, que lo mío no es la beatería. Me resonaba dentro la palabra: tongo, tongo, tongo... pero también me parecía imposible que fuera mentira lo de anoche. Quedé desconcertada y aún lo estoy, pero me hace bien decir estas palabras que os estoy diciendo.

Antes de entrar aquí he hablado con una persona y me he desconcertado aún más. Me ha dicho que dentro de mí hay una lucha del Espíritu de Jesucristo contra el espíritu del mal. Me ha dicho que mi vida estaba dominada por el mal, que se había disfrazado con el ropaje de una ideología, de una cultura, de unos intereses políticos bastardos, que bajo la capa de la libertad y de la justicia para todos encubría un rechazo a Dios y a su acción en nosotros. Me ha dicho también que Dios, de una forma totalmente gratuita, se ha fijado en mí y me quiere sacar del lugar donde estaba.

Sigo notando que estas palabras que digo me están haciendo bien y me están dando fuerzas para confiaros un secreto que se está revelando en mí en este momento. Ayer, cuando me fui a confesar, no dije ni se me ocurrió decir algo que me sucedió a los 16 años. Yo quedé embarazada y a las pocas semanas aborté. Nunca me sentí culpabilizada por ello. En el ambiente en que vivía esto era normal, aceptado por todos, y por eso nunca me inquietó. Pero ahora mismo estoy sintiendo que ha sido algo muy importante y que ha condicionado aspectos de mi vida. Siento que todo ello me ha producido un serio trauma. Yo me hice también como una especie de ligadura de trompas que, aunque me la han quitado al casarme, se ve que ha dejado sus consecuencias, porque ahora tengo un grave defecto de ovulación, y no puedo tener hijos.

Qué agazapado, qué pacífico, qué taimado habitaba el mal dentro de mí. Mi vida se está desenmascarando y la estoy entendiendo ahora. Yo nunca he sabido nada de Dios, en mi casa jamás se pronunció su nombre, de niña nadie me ha hecho rezar ni la más pequeñita oración. No he hecho ni siquiera la primera comunión.

Ahora estoy percibiendo también la frialdad de mi interior. Mi mundo ha sido un mundo gélido y tampoco lo sabía. Nadie me ha amado jamás. Ahora me doy cuenta... (Ruth comenzó a llorar y a hablar entrecortadamente). Pero ahora me estoy sintiendo amada, amada incluso en mi pecado. Estoy entendiendo que no me debo preocupar ni siquiera del niño que aborté, pues pasó de mi seno a los brazos de Dios. Ahora sé que me puedo curar de cualquier cosa, que Dios puede hacer en mí un milagro, pues el más grande de todos los milagros es entender que me ama. No me explico cómo he podido estar tan ciega. ¿Quién era mi señor? Entiendo que he estado engañada, manipulada, traicionada. Yo no quiero sentir más lo que sentía, no quiero pensar lo que pensaba, no quiero ser más yo misma. Algo nuevo ha entrado en mi vida que creo que es bueno, limpio, amoroso y santo. ¡Qué bien, qué alegría, existe el amor!".
 
 

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Una vez terminados los testimonios, la gente fue lentamente encaminándose hacia la capilla, donde se iba a celebrar la eucaristía final. Todo el mundo saludaba a Ruth y la abrazaba con cariño. El sentimiento de que había ya algo en común entre todos crecía por momentos. Este grupo de personas que antes era no-pueblo empezaba a sentirse pueblo, comunidad. Algo muy hondo les estaba uniendo. Brotaba una simpatía y una confianza nuevas, preludio del amor, signo de una comunidad cristiana viva.

En efecto, el amor mutuo es la prueba de que se ha recibido el Espíritu Santo. Por eso, la fe o la experiencia del Espíritu sólo crece en comunidad. Lo individual, que siempre es incompleto, se agotaría pronto. De ahí que siempre, una gran experiencia bautismal nos lleve a la eucaristía, que es la celebración del amor que está surgiendo y que se va haciendo perfecto en Jesucristo. Cualquier experiencia del Espíritu que no nos lleve al amor y a la comunidad es falsa, o al menos raquítica.

Las semanas que siguieron hasta terminar el Seminario les dio a todos fundamentalmente esta experiencia: la de la comunidad y el amor fraterno. Ahí está encerrado todo el crecimiento. Brotó en todos un sentimiento de familia poderoso y fuerte. A Ruth y a otras personas que habían vivido su vida hasta ahora con tanto desamor, las nuevas relaciones les parecían más fuertes y más íntimas que el propio parentesco humano. La verdad es que en este caso, como en otros, la gracia no destruye la naturaleza ni la sustituye. Es decir, el nuevo amor cristiano, la caridad, no invalida los amores humanos sino que más bien los refuerza y profundiza. En el cielo, sin embargo, no habrá ni marido ni mujer, ni padres, ni madres, ni hijos, ni hermanos, ni amigos, ni nada de aquello que sean estructuras puramente humanas con las que se articula la vida en este mundo. En el cielo, todas estas relaciones o son en el Espíritu o no serán. Una experiencia bautismal y eucarística como la que hemos descrito nos hace entrar ya aquí en la tierra en la gran experiencia que en los cielos no se acabará nunca.

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