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La Renovación Carismática



 

 

LA RENOVACIÓN EN LA IGLESIA ACTUAL

En cierta ocasión, dando una charla sobre la Renovación carismática, se levantó alguien al terminar y me espetó lo siguiente: "Ustedes piensan, por lo que veo, que el Espíritu Santo es propiedad privada de su grupo. Me parece intolerable el monopolio del Espíritu que ustedes ostentan". Me daba la impresión, por las caras, que el resto del auditorio estaba de acuerdo con esta persona. Entonces yo pregunté dirigiéndome a todos: "¿De verdad creen que lo que yo he dicho les roba a ustedes su Espíritu Santo?". Hubo un silencio embarazoso. Una mujer contestó: "Yo ni tengo idea ni experiencia del Espíritu Santo y, además, nadie me ha hablado nunca de tal personaje". Se alzó un murmullo de conversaciones entrecruzadas, se distendieron los gestos y, al final, la gran mayoría confesaron que no tenían idea del Espíritu Santo ni lo habían echado en falta para vivir su vida cristiana.

Este diálogo lo tuve hace años al poco tiempo de entrar en la Renovación carismática. Tengo que confesar también que, antes de esa entrada, a pesar de llevar ya bastantes años de sacerdocio, tampoco yo consideraba al Espíritu Santo como un personaje activo e importante en mi vida espiritual. Lo había estudiado en clase de teología y lo sabía, pero ahí se quedó todo. También tengo que decir con valentía que en mi juventud no se me habló experimentalmente de ello ni encontré personas (o no lo supe ver) dotadas de poder de convicción en esta línea, en las que brillaran manifestaciones especiales del Espíritu. No es extraño, por tanto, que el impacto que hizo en mí la efusión del Espíritu me creara una especie de celo desmedido de "neoconverso", que causara a los oyentes la sensación de monopolio.

No se trata, sin embargo, de descalificar a nadie, ni siquiera a mí mismo. El pretendido monopolio de la Renovación no es otra cosa que la alegría de un redescubrimiento que le pertenece a toda la Iglesia, como vamos a ver en este capítulo. Dios no tiene acepción de personas ni el Espíritu Santo hace discriminaciones. En todo caso, las razones últimas de las cosas le pertenecen a Él, no a nosotros. Pero lo cierto es que ha habido tiempos en que la presencia del Espíritu en la Iglesia parecía, a nuestro corto entender, que estaba en baja. Ahora nos da la sensación de que había como una especie de ausencia, al menos ausencia de fuertes manifestaciones carismáticas, que en otros momentos han sido el dedo y el sello del Espíritu en su Iglesia.

Ausencia de carismas

El tema viene de lejos. San Juan Crisóstomo, muerto en el año 407, es el primero en notar en su tiempo la ausencia de los grandes carismas extraordinarios de que nos hablan la Palabra de Dios y la Iglesia primitiva. El mejor exponente de esto es San Marcos: "Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación. Los que crean y se bauticen se salvarán; los que no crean se condenarán. A los que crean les acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán" (Mc. 16,15-18). Estos y todos los otros signos extraordinarios que se mencionan en la Escritura, sobre todo en San Pablo, que da un testimonio fehaciente de su existencia en la Iglesia primitiva, parece que no existían ya en el siglo IV, en tiempos de San Juan Crisóstomo. Pero éste racionaliza esta ausencia y, con ello, marca la pauta para posteriores interpretaciones del tema a lo largo de los siglos. Justifica la existencia de carismas en la Iglesia primitiva o incluso la concesión a personas indignas de estos dones apelando a la necesidad, acuciante al comienzo de la Iglesia, de difundir la Palabra de Dios por todas partes. Los carismas, por ejemplo los milagros, eran necesarios como signos de credibilidad para confirmar la fe que se proclamaba: "Un buen agricultor, mientras un árbol nuevo recién plantado es todavía tierno, le presta grandes cuidados, lo rodea de piedras y espinos para que no le arranque el viento; pero quita esas defensas tan pronto como ve que el árbol ha echado raíces y va creciendo, pues la planta ya es capaz de hacer frente por sí misma a los peligros. Lo mismo sucede con la fe. Cuando estaba recién plantada y era todavía tierna, cuando acababa de arraigar en los espíritus humanos, necesitaba todo género de cuidados; pero, una vez que se ha estabilizado, ha arraigado y crecido, Cristo quita las defensas y demás medidas de seguridad. Por eso, los carismas eran concedidos también a los indignos, porque la antigüedad necesitaba esa ayuda para fomentar la fe; pero ahora no son concedidos ni siquiera a los dignos, porque la fuerza y firmeza de la fe no necesita ya ese auxilio" (PG. 51,81).

El Crisóstomo concibe los carismas, como se ve, en sentido estricto, no como efusiones o frutos del Espíritu, ni siquiera como carismas ordinarios sino en la línea de San Pablo, como manifestaciones del Espíritu gratuitas y extraordinarias con el fin de construir la comunidad y edificar la Iglesia. Estas reflexiones del Crisóstomo marcaron pauta, pues a partir de él hasta ahora, la teología y la pastoral, en contraposición a lo que sucedió en los siglos primeros, han recluido los carismas en el baúl de los recuerdos y, en algunos casos, los han llegado a temer y menospreciar.

En San Juan Crisóstomo la nostalgia, sin embargo, aún estaba viva. Comentando ciertos relatos carismáticos de San Pablo y relacionándolos con su tiempo escribe: "¿Se puede concebir algo más triste? La Iglesia estaba entonces en la gloria, el Espíritu la gobernaba como dueño". Un poco más adelante continúa: "La Iglesia ahora se parece a una mujer que ha perdido su antigua hermosura y conserva sólo vestigios de su anterior felicidad; de sus joyas de oro no le quedan más que los cofres y estuches, pues han desaparecido sus riquezas. Así es ahora la Iglesia". A pesar de la nostalgia sigue en sus trece cuando termina diciendo: "No me refiero sólo a la falta de carismas, pues no sería grave si sólo se tratara de eso, sino también a causa de la vida y las virtudes" (PG. 61,312).

A lo largo de los siglos

La Iglesia siempre ha creído en la acción del Espíritu sobre ella. Por eso, siempre ha habido una serie de carismas, llamados ordinarios, que en todo momento se han considerado fundamentales para su acción pastoral. Entre ellos están los carismas de gobierno, de enseñanza y catequesis, asistencia a los enfermos, los que requieren los diversos ministerios, carismas de celibato, vida religiosa, matrimonio. Carismas incluso de sufrimiento por la Iglesia o por otras personas particulares. Estos nunca han estado en discusión. El problema surge al tratar de la necesidad de los carismas extraordinarios: palabra poderosa confirmada con milagros, dones de profecía, lenguas, palabras de conocimiento, sanación interior y física, cada uno de los siete dones del Espíritu que cuando se ejercitan para utilidad común se trasforman en carismas, por ejemplo una sabiduría portentosa y, en general, todo tipo de fenómenos o manifestaciones del Espíritu sorprendentes, como nos cuenta la Escritura que se dieron en Pentecostés y, al menos, en los primeros decenios de la Iglesia.

Estos carismas extraordinarios, como hemos visto, tuvieron mala prensa a partir del siglo IV en el pensamiento teórico de la Iglesia. Y eso a pesar de las evidencias, pues lo cierto es que no han desaparecido nunca de ella y ha habido muchos santos y fundadores con auténticas manifestaciones carismáticas. Pero siempre se han considerado excepcionales. La teoría oficial era que ya no los necesitaba la Iglesia, pues sus signos de credibilidad habían pasado a ser otros. Incluso los propios santos, dotados con tales dones carismáticos, se puede decir que más bien los soportaban y los sufrían, nunca los fomentaban ni los agradecían, al menos públicamente, ya que primaba en estos casos el temor a la vanidad e incluso al escándalo.

Se sabe que San Agustín aceptaba el carisma de profecía y el de lenguas, a pesar de que no eran ya de uso común en las asambleas de oración en su tiempo, alrededor del año 430. Sin embargo, también él participa de las opiniones mencionadas: "¿Por qué ya no existen entre nosotros los milagros y otros dones extraordinarios?", se pregunta. La respuesta es que estos dones ya no son necesarios para la credibilidad del cristianismo: "Una vez que la Iglesia católica se edificó y extendió por toda la tierra, Dios no quiso que continuaran estos dones en nuestros días, no sea que nuestro espíritu se quedase en lo visible y la humanidad, acostumbrándose a ellos, perdiese el ardor que comunicaron cuando eran recientes" (PL. 34,142).

¿Quiere decir esto que en la Iglesia ya no había signos de credibilidad? No, responde Agustín. Este cometido lo desempeña la vida cristiana. Es ésta la que con sus virtudes prueba que Dios está en ella. Y termina: "Viendo esa asistencia de Dios, ese progreso, ese resultado, ¿dudaremos en echarnos en brazos de la Iglesia?" (PL. 42,91).

Santo Tomás de Aquino no constata la falta de carismas en la Iglesia de su tiempo, siglo XIII. Y es que no habla desde una experiencia pastoral, como los anteriores, sino como teólogo. Como tal no puede dudar de que donde está el Espíritu están todos sus dones. Por eso, aunque es cierto que conoce todos los carismas y cree en su permanencia teórica como signos de credibilidad, no cree del mismo modo en su frecuencia y necesidad. También para él la Iglesia primitiva, por hallarse en su infancia, necesitaba un especial cuidado de Dios, mientras que llegada a la madurez puede caminar por su propio pie, sin ayuda de hechos extraordinarios. De este tenor suena la interpretación que Santo Tomás da del "final" de Marcos, siguiendo en ello las huellas del Crisóstomo, que él recibe a través de San Gregorio Magno (Catena aurea II).

Hasta el Vaticano II

Con la llegada de Lutero en el siglo XVI se estrecha aún más el cerco pastoral y la prevención contra todo carisma extraordinario. Lutero dice claramente: "Ahora que tenemos su Escritura no hay nada que revelar además de lo que fue escrito. No necesitamos ninguna revelación particular ni milagros... Por eso, atengámonos a esa revelación o kerigma del Espíritu Santo, la única que nos dirá lo que debemos saber, la que nos hace profetas y nos muestra el porvenir" (O.C. Weimar 46,64). No es de extrañar, por tanto, que la Iglesia católica asuma a partir de ahora una extraordinaria prudencia a la hora de admitir unos hechos extraordinarios que podrían descalificarla ante sus adversarios en caso de aceptarlos sin el debido discernimiento.

Sin embargo, en esta época se agranda el contraste entre la teoría oficial y los hechos reales. En este tiempo, en efecto, florecen los grandes místicos, dotados de toda clase de dones y fenómenos místicos extraordinarios. Baste con mencionar a Teresa de Avila, San Juan de la Cruz, Santa Margarita Alacoque, Santa Catalina Labouré y, más tarde, pero aún dentro de esta época, las grandes apariciones de Lourdes y Fátima con sus manifestaciones carismáticas de sanación, de enorme consuelo y atractivo para la fe del pueblo. Entre los santos de esta época merece la pena citar a San Francisco de Sales, que muestra con claridad su desacuerdo con la teoría oficial. Aludiendo a las opiniones de San Juan Crisóstomo sobre la Iglesia como una planta que ya no necesita ser regada, dice que todo eso es cierto, pero que pretender "eliminar totalmente el efecto, mientras permanece todavía en buena parte la necesidad, es una pésima filosofía. ¿Por qué, pues, querer quitar a la Iglesia ese bastón que Dios ha puesto en sus manos? Dios quiere sin duda los milagros, y por eso siempre han existido, para confirmar la predicación" (Oeuvres, Annecy, 99-100).

La teoría oficial, no obstante, sustentada por teólogos, exégetas y predicadores, sigue encastillada en las posiciones de siempre. Incluso según va pasando el tiempo parece que se va agudizando más el rechazo a los carismas extraordinarios. Sólo voy a citar un párrafo del famoso orador Luis Bourdaloue, del siglo XVIII: "Contra los impíos y libertinos hay que mostrar el carácter esencial del cristianismo y pedir al Espíritu Santo que nos conceda los dones de todas las gracias, no de las gratuitas (carismas), que no sirven más que para las operaciones sobrenaturales y no para la santificación de las personas que las difunden y distribuyen. No hablo tampoco de todos esos dones de profecías, lenguas y milagros ni de esos otros que hacen a los hombres considerables e importantes, como dice San Pablo. No, no pido esos dones para hablar de vos, Dios mío, con sublimidad de sabiduría, sino el don de hablar con humildad; sólo os pido la verdadera ciencia que es la de Jesucristo. No os pido el don de curar a los enfermos, porque tengo otras curaciones que hacer, las que se refieren a las almas y a su conversión. No os pido tampoco el don de profecía porque estoy bastante comprometido en el estado presente de la vida para querer conocer el futuro. Lo que pido a Dios es el Espíritu de Jesucristo, que es sello de la vida cristiana en este mundo y en el otro" (O.C. París 1919, I,184).

Difícilmente se puede encontrar un párrafo con más contradicciones que el que acabamos de citar. Igualmente me parece difícil poder interpretarlo, aún con toda la buena voluntad, dentro de la Palabra de Dios. Si aceptáramos todo esto tendríamos que suprimir muchas páginas de la Escritura. Lo que sí muestra a las claras es la pasión con la que se trataba el tema en ese tiempo, signo evidente de que la teoría oficial no aquietaba las conciencias y de que la realidad siempre emergente del Espíritu y de sus dones presionaba una y otra vez por salir a la luz. Pero todavía no había llegado el momento, ni llegó tampoco durante el siglo XIX. Al contrario. Voy a citar un sólo dato para mostrar hasta qué punto la propia idea de carisma había desaparecido de la perspectiva teológica del siglo pasado: León XIII en su encíclica "Divinum illud munus" (1897), dedicada por completo al Espíritu Santo, no alude en ella ni una sola vez a los carismas de I Cor. 12 ni a los citados por San Pablo y todo el Nuevo Testamento en otros pasajes.

¿En qué basaban la credibilidad de la Iglesia? Según el Vaticano I, la Iglesia es un perpetuo signo de credibilidad a causa de su unidad, fecundidad, estabilidad y santidad. Esto mismo es lo que estudiamos antes del Vaticano II en los tratados de apologética, sin el menor atisbo en todos ellos de un aprecio consecuente de los carismas extraordinarios, mencionados únicamente a título histórico. Una, santa, católica y apostólica. Naturalmente, esto es una verdad preciosa de la Iglesia pero, aparte de no excluir en absoluto otras manifestaciones carismáticas, tiene la desventaja de que dado que otros hechos están siempre ante nuestra vista, terminamos acostumbrándonos a ellos y dejan de motivar la fe.

Una nueva época

¿Qué es lo que ha motivado un repentino e inesperado aprecio y resurgir de los carismas extraordinarios? ¿Ha cesado de espantar el sobrenaturalismo? Es evidente que en estas épocas pasadas había un gran temor a equivocarse pero, por otra parte, la Iglesia, sometida también a la influencia del despotismo de la razón ilustrada, acorralada por críticas a veces rabiosas incluso contra los propios fundamentos de sí misma, ha sentido el complejo de lo no racional, la vergüenza de tener que expresarse en términos de sobrenaturalidad. Por eso, acorazó sus murallas, se ha atrincherado en la estructura y ha caminado a la defensiva con pies de plomo. El Vaticano II ha significado la toma de posesión de sí misma, se ha hecho de nuevo consciente de sus propias fuerzas ante el mundo y desde esa seguridad es capaz no sólo de enfrentarse al mundo sino de ponerse a su servicio.

La Iglesia ha salido de la época de cristiandad y tiene que enfrentarse a un mundo nuevo, secularizado, pagano y ateo. Ya no tiene los apoyos legales e institucionales que le prestaban en otros momentos los estados y tiene que abordar, para seguir siendo fiel a sí misma, un mundo recalcitrante que ha buscado otros dioses como: la razón, el humanismo, el progreso, la técnica. El mundo ha querido salvarse por sí mismo, ha construido sus torres de Babel y se ha encontrado con un estrepitoso y sangrante fracaso, con dos guerras mundiales y asesinatos en masa, que dieron al traste con todas las ilusiones humanistas. El existencialismo dio expresión a este fracaso hablando de náusea, asco, desesperanza y angustia vital. El hombre es un imposible, un ser para la nada y una pasión inútil.

Estas expresiones han sido experiencias vivas en varias generaciones y de ahí ha surgido la búsqueda de unos nuevos contenidos de salvación. El hombre siempre se resistirá a morir.

Vivencia fenomenológica

Hay un tema que para mí es muy querido y me da la clave para entender y disfrutar muchas cosas de la Renovación. Se trata de la filosofía fenomenológica. Una chiquilla de 14 años le dice a su padre con aplomo: "No voy a la iglesia porque la misa no me dice nada". Otro joven te cuenta que le aburren las clases, la catequesis... "¿Dios? Me parece un rollo todo lo que oigo sobre él". En cierta ocasión estaba una sobrina mía de unos 17 años con su abuela, que no podía ya moverse de casa. La muchacha le preguntó: "Abuela, ¿usted no se aburre?" "Pero, hija, le respondió, eso de aburrirse es una cosa vuestra. Yo nunca oí esa palabra hasta que tuve por lo menos cincuenta años. Antes nunca nos aburríamos ni se hablaba de eso".

Yo estaba allí cuando sucedió este diálogo. Me impresionó esta respuesta. No sé si es verdad o mentira lo que decía esta abuela. Lo que sé es que vivimos en un mundo en que se valoran sobre todo las experiencias, las vivencias. Necesito tener vivencia de las cosas, de lo contrario como si no existieran para mí. Dios, o es una experiencia en mí o no me interesa. No me valen las razones, los grandes principios. Hoy, a nadie le interesa la verdad en abstracto, a la gente le interesa tu verdad, tu experiencia de las cosas, tu testimonio. Si habla un sacerdote preciosidades teóricas sobre las cosas más divinas, a nadie le interesa nada. Empieza verdaderamente a interesar cuando a través de las palabras se capta una experiencia vivida. El hombre que trasmite fe llega a la gente.

Antes había que ir a misa porque la misa es una cosa objetivamente buena. A la gente se la educaba en una serie de principios, normas y estructuras válidas en sí mismas. Hoy las objetividades no motivan a nadie. La gente quiere experimentarlo todo y cuando hay un vacío de experiencias positivas se cae en la experiencia negativa del aburrimiento. Nuestra época es capaz de la más grande experiencia mística, pero también de otras experiencias tan desoladoras y degeneradoras como la de la droga o autodestrucción.

Esta es la filosofía básica del siglo XX. En ella hemos crecido casi sin darnos cuenta. Este talante vivencial es capaz de proporcionarnos sufrimientos interiores como tal vez ninguna otra época de la historia los ha tenido; pero también es capaz de abrirnos a un mundo de posibilidades de experiencias bellas. Para muchos, por ejemplo, la más bella de todas las experiencias es la de Dios, vivenciado a través de la Renovación carismática. La filosofía de nuestro tiempo ha posibilitado mucho la vivencia de una religión experimental. En ella, Dios ha dejado de ser una abstracción y se ha hecho vida. Dios se ha transformado en una persona y es con las personas donde se tienen verdaderamente las vivencias. Dios se ha convertido en un Jesús vivo, resucitado, real, experimentado por su Espíritu.

Talante carismático

Por eso, hoy vivimos en una época del Espíritu. El Espíritu es el aliento de Dios, la acción de Dios, la energía de Dios, el amor de Dios actuando en nosotros. El Espíritu es la experiencia de Dios viva. Hoy apenas se puede predicar una religión de objetividades, normas y verdades. Ni la recitación del credo motiva fuertemente a la gente. Todo esto hay que pasarlo por una vivencia personal, hay que experimentarlo. Por eso, el Espíritu se ha hecho presente en medio de su pueblo. Ahora no podemos llegar a Dios por medio de ideas y doctrinas sino por medio de Espíritu y de experiencia.

La Renovación carismática ha recogido el más hondo aliento filosófico de nuestra época, que es un aliento vital y le ha hecho religioso y le ha puesto en comunicación con Dios. En ella Dios se hace sensible al corazón y entra de nuevo en la perspectiva y el horizonte humano. El Evangelio deja de ser una dogmática y se hace pueblo y vida y surgen de nuevo los milagros. Escuchas a la gente compartir testimonios y experiencias que son vida y hacen a Dios muy cercano. En otras épocas el Señor tenía sus caminos y métodos para llegar a la gente, según los aspectos culturales de cada momento; ahora el Espíritu se ha hecho coetáneo y nos habla con el lenguaje que mejor entendemos, que es el de las experiencias. Hace un rato hablaba de que han vuelto los carismas extraordinarios a la Iglesia. ¿Cómo no? No sólo se dan, se necesitan en la entraña del ser de este hombre del siglo XX. Necesitamos los carismas, que son signo de una presencia viva y consoladora de Dios. Necesitamos una presencia viva y consoladora de Jesucristo, que no nos la da ninguna doctrina. Necesitamos ver que se levanta un paralítico en medio de la asamblea, que alguien proféticamente ilumina un hecho torturador de tu pasado, necesitamos palabras de conocimiento, necesitamos una fe nueva que se desembarace de tantos tabúes y ponga a la razón y a su ilustrado espíritu en su sitio. El nuevo talante carismático, eclesial, se basa en un bello fruto del Espíritu, que a veces es carisma y se llama fe. No es exactamente la fe teologal. Es la fe que mueve las montañas. Es una disposición interior que sólo puede provenir del Espíritu por la que se está presto a creer que Dios lo puede hacer todo en este momento, aquí y ahora. Esta fe es una forma de mirar la vida, que hace absolutamente concreta y detallada la esperanza. Esta fe provoca una forma de orar viva y sentida. Esta fe hace que una asamblea perciba al Espíritu de Jesús resucitado casi físicamente. Esta fe nos proporciona la actitud interior necesaria para que suceda el milagro. La fe es, pues, un carisma pasivo, tan importante para que suceda el signo como el carisma del sanador.

Yo soy plenamente consciente de que esta fe puede degenerar en credulidades y en mil aberraciones; pero también soy consciente de que la mayor aberración es que no exista. Y es que esta fe es la crema de la tarta. Generalmente los miedos a estas cosas provienen de trasteros no habitados por el Espíritu. El Espíritu, el verdadero Espíritu, lo hace todo muy sencillo y acepta a cada uno como es, preserva la paz y unge sus acciones con elegancia y sobriedad. ¡Qué bella es una oración de sanación cuando va creciendo esta fe y se va sintiendo la presencia de Dios como algo real!

Pero, por lo demás, por si alguno continúa con sus miedos, sepa que la Renovación carismática clama por sus pastores. Necesita pastores. Este mismo vivir en el filo y en la cresta de la ola de la fe da sentido a la función del obispo, requiriendo un discernimiento inspirado. Igualmente reclama el ministerio del sacerdote, el cual, al dar y al darse, recibe mucho más puesto que se le da un pueblo vivo. Un sacerdote sin pueblo es como un médico sin enfermos.

Testimonio de los Papas

San Juan Crisóstomo decía con nostalgia que la Iglesia de su tiempo se parecía a una bella dama, envejecida por el paso de los años, que había perdido no sólo el adorno de sus joyas y brillantes sino hasta las ganas de arreglarse y ponerse guapa. Este hombre, al no encontrar salida al problema, lo único que se le ocurrió decir fue que la tal dama ya no necesita pulseras ni joyas.

En la Iglesia del siglo XX, sin embargo, a partir del Vaticano II ha soplado otro Espíritu. Son precisamente los Papas los que primero y mejor han formulado esta necesidad de nuestro pueblo. Esta necesidad es uno de los grandes signos de nuestro tiempo. Juan XXIII, en vísperas del Vaticano II, dirigía al Espíritu Santo una plegaria en la que le decía que renovara "en nuestra época, como en un nuevo Pentecostés, sus maravillas" (AAS. 54,13). Ahora nos parece normal que un Papa haga eso pero, sin embargo, Juan XXIII rompía de esa forma con una tradición de más de quince siglos. Pablo VI, poco después, continuaba en la misma línea: "La condición del hombre presupone que el prodigio de Pentecostés continúe en la historia de la Iglesia y del mundo, y ello en su doble modalidad, a saber: como don del Espíritu Santo, concedido a los hombres para santificarlos (gracia santificante); y también como manifestación del Espíritu, para enriquecerlos con prerrogativas especiales (gracias gratis datae) o carismas, en orden al bien del prójimo y especialmente de la comunidad de los fieles. Hoy se habla mucho de esto y, aún teniendo en cuenta la complejidad y delicadeza del tema, no podemos por menos dejar de celebrar que Dios conceda todavía a su pueblo una abundancia, no sólo de gracia, sino también de carismas (Insegnamenti di Paolo VI, XII,938).

En su exhortación sobre la alegría cristiana aludiendo a la expresión "Nuevo Pentecostés" de Juan XXIII que acabamos de citar, decía que deseaba situarse en la misma perspectiva y en la misma expectación. Y esto, "no porque Pentecostés haya dejado de ser actual a lo largo de toda la historia de la Iglesia, sino porque son tan grandes las necesidades y los peligros de este siglo, tan amplios los horizontes de una humanidad volcada hacia la coexistencia mundial pero impotente para realizarla, que para ella no hay salvación más que en una nueva efusión del don de Dios. Que el Espíritu Santo descienda para renovar la faz de la tierra" (Op.Cit. XIII,471).

Sigue Pablo VI: "Sería maravilloso que el Señor tuviera a bien derramar de nuevo sus carismas en abundancia para hacer capaz a la Iglesia de despertar y sacudir al mundo profano y secularizado" (Ibidem, XIII,939). Bellamente en otra audiencia dijo: "Es necesario orar para que venga ese soplo oxigenante del Espíritu...capaz de suscitar carismas dormidos, de infundir ese sentido de vitalidad y gozo que, en todas las épocas de la historia, hace que su Iglesia sea joven y actual, que esté dispuesta a anunciar con alegría a los tiempos nuevos su eterno mensaje" (Ib. XI,1224).

Finalmente es de notar que la Iglesia actual ha tomado conciencia, no sólo en la palabra de su cabeza visible, de la necesidad de una intervención extraordinaria del Espíritu. La Liturgia de las horas pide con frecuencia a Dios que renueve en nuestro tiempo los prodigios de Pentecostés. En la oración colecta de esta fiesta ruega así: "Oh Dios, que en el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia en todos los pueblos y naciones, difunde los dones del Espíritu hasta los confines de la tierra y continúa hoy, en la comunidad de los creyentes, los prodigios que operaste en los comienzos del Evangelio". (Cfr. para todo este tema Domenico Grasso, "Los Carismas en la Iglesia", Cristiandad, Madrid, 1984).

Estas palabras de la Iglesia resuenan en todos los que han sido llamados a la Renovación carismática con un eco inconfundible. Sus corazones se sienten en sintonía total con todas las palabras citadas de los sucesores de San Pedro y de la Liturgia, palabras todas ellas las más autorizadas de las que en este tema se pueden pronunciar. ¿Cómo no ver en la Renovación carismática el vehículo providencial que Dios ha suscitado para que todo esto se haga efectivo en su pueblo? ¿Cómo rechazar después de esto un florecimiento de carismas por doquier que devuelva a la Iglesia la frescura y juventud de su primera época?

Algunos piensan que la Renovación no debería apellidarse carismática. Gracias a Dios el uso ha impuesto tal apellido y yo soy partidario de que continúe así aunque produzca problemas o rechazos. Sabemos de sobra que lo más importante en la vida de un cristiano no son los carismas. Es más, estamos de acuerdo con que en la Renovación se vele, vigile y discierna para no caer en la "carismatitis". No podemos eludir una auténtica formación cristiana que pase todos los acontecimientos pascuales, como son los carismas y toda la vida cristiana, por la cruz de nuestro Señor Jesucristo. El crecimiento de la gracia santificante, que es la que verdaderamente engendra y es engendrada por la caridad, siempre será lo más importante y lo que hay que buscar en primer lugar, no sea que nos trasformemos en platillos que suenan...

Todo esto es cierto, pero hay que tener en cuenta que la propia Renovación carismática es un carisma, es decir, una manifestación del Espíritu para utilidad común. Ha nacido con un designio especial de Dios. La gran renovación básica de la vida cristiana no sólo los carismáticos la llevan adelante, hay otros muchos grupos en la Iglesia. Sin embargo, a ningún grupo se le ha encomendado una renovación y acogida de los grandes carismas y dones del Espíritu tan necesarios para la Iglesia de hoy como a la Renovación carismática. De acuerdo en que si sólo fuéramos carismáticos no seríamos casi nada. Pero también es de agradecer que, sin dejar de ser profundamente renovados, se nos encomiende el hacer brillar y poner a la luz pública los grandes signos del Espíritu que, en realidad, no dejan de ser un bello designio amoroso de Dios para nuestra época.

Vaticano II

Pero aún hay más. No son sólo los Papas los que testifican con sus palabras el cambio de tendencia en la Iglesia Católica; hay otros muchos textos, que no voy a citar, dado el carácter de sencillo ensayo pastoral que tiene este escrito. Sin embargo, hay un par de ellos que no puedo por menos dejar de subrayar. Son la "Lumen gentium" y la "Evangelii nuntiandi", porque ambos expresan la esencia íntima de lo que es la Renovación, la cual sin duda ha sido suscitada para que de una manera práctica estos textos inspirados por el Espíritu se hagan realidad en su Iglesia.

En un contexto de fuerte renovación carismática dice el Vaticano II: "El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo sus dones según su voluntad (I Co. 12,11), con lo que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad" (I Co. 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia" (LG. 12).

Con este texto ha quedado superada la teoría, más o menos oficial, que ha predominado durante muchos siglos y que ponía cautelas al ejercicio de los carismas extraordinarios, no sólo por no creerlos necesarios en una Iglesia ya constituida, sino por una serie de temores que suscitaba su presencia. En este campo, como en muchos otros, el Vaticano II nos presenta una Iglesia con su rostro renovado. Nos ha acercado a los momentos de mayor brillo y juventud, cuando la Iglesia primitiva, la fe y la piedad se alimentaban también de poderosas manifestaciones del Espíritu. La Renovación carismática está llevando a la práctica lo que la Iglesia ha proclamado en sus documentos.

Fieles de toda condición

Otro aspecto que subraya el texto citado es que el Señor distribuye sus gracias y carismas a fieles de toda condición según su voluntad. Con estas palabras se descalifica cualquier clericalismo recalcitrante y se le abren al seglar anchos espacios de protagonismo dentro de la actividad de la Iglesia. Ha sido también a lo largo de la historia donde se ha desencajado la unidad en varios de estos aspectos que el Concilio ha venido a restablecer.

En efecto, en la Iglesia se funcionaba, sin mala intención por parte de nadie, creyendo que las gracias de Dios se distribuían sólo por medio de los sacramentos y de sus ministros. La jerarquía era el acueducto que nos ponía en comunicación con la fuente de la gracia. El seglar, por tanto, vivía en la condición de destinatario y receptor de una gracia que le era distribuida y recomendada. El clérigo era el representante de Dios a todos los efectos. Al pueblo le quedaba el protagonismo de su vida interior y de una serie de manifestaciones y devociones paralitúrgicas con resabios de folclorismo.

La "Lumen Gentium" coloca también en este campo las cosas en su sitio: "El Espíritu guía a la Iglesia a toda la verdad, la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos" (LG. 4). Es decir, hay dones jerárquicos propios de los pastores, pero también los hay carismáticos, propios de todo el pueblo de Dios.

Esto siempre ha sido así en realidad, pues la Iglesia siempre ha brillado con multitud de carismas y dones extraordinarios que han tenido los santos, hombres y mujeres, muchos de ellos seglares, a lo largo de los siglos. Pero en la praxis pastoral al arrinconar semioficialmente los grandes dones y carismas se le robaba al seglar su más fecundo campo de acción. Por eso, resulta un gozo ver en la Renovación carismática seglares, hombres y mujeres, con auténtica unción del Espíritu y es un gozo igualmente superabundante verles en las labores del discernimiento, de la profecía y palabras de conocimiento, en el acompañamiento y dirección espiritual, en la sanación interior e incluso en el ejercicio de los grandes dones de sanación física, que se transforman en signos relevantes que confirman la palabra y la evangelización que el Espíritu realiza a través de ellos.

Sólo hay un peligro en todo esto: que el clericalismo de antes se trasforme ahora en seglarismo y se llegue a desvalorizar el encargo que la jerarquía ostenta de discernir los diversos carismas y manifestaciones del Espíritu. Los grupos pueden estar perfectamente dirigidos y gestionados por personas seglares, pero siempre con la perspectiva teológica clara de que en casos de grave incertidumbre le corresponde a la jerarquía discernir y encauzar la situación del grupo. En estos casos es conveniente requerir y aceptar también el consejo de los simples sacerdotes en cuanto son corresponsables, en parte, con la función de gobierno y discernimiento que corresponde primariamente al obispo.

En otro aspecto también el Vaticano II nos amonesta diciendo que "los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunción el fruto del trabajo apostólico" (LG. 12). Esta frase es una cautela de sentido común dentro del campo de la fe. El Señor lo dice muy claramente: "Al que es fiel en lo poco se le dará mucho más" (Lc. 16,10). Sería ridículo pedir y esperar una manifestación del Espíritu para encubrir nuestra pereza y poca dedicación a las tareas ordinarias de la vida espiritual. Lo extraordinario viene a revalorizar y consumar lo ordinario, no a vaciarlo y sustituirlo.

"Evangelii nuntiandi"

En la exhortación apostólica "Evangelii nuntiandi", que siguió al Sínodo de los Obispos de 1974, Pablo VI volvió, diríamos que con un cariño especial, a poner en primer plano la actualidad del Espíritu Santo y su labor en la Iglesia: "Gracias al apoyo del Espíritu Santo la Iglesia crece. Él es el alma de la Iglesia. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien hoy, igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también al alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistas de todo valor.

Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a Él. Quiere dejarse conducir por Él.

Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.

Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación. Pero se puede decir igualmente que Él es el término de la evangelización: solamente Él suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los tiempos -signos de Dios- que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.

El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa el Espíritu Santo en la evangelización, expresó asimismo el deseo de que pastores y teólogos - y añadiríamos también los fieles marcados con el sello del Espíritu en el Bautismo - estudien profundamente la naturaleza y la forma de acción del Espíritu en la evangelización de hoy en día. Este es también nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por Él como inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad evangelizadora".

Al releer estos textos no puedo evitar una acción de gracias al Señor desde el corazón de la propia Renovación carismática. Uno está absolutamente convencido de que es el mismo Espíritu el que ha suscitado e inspirado ambas cosas. Llevo 18 largos años evangelizando desde que conocí la Renovación, profundamente compenetrado con estas palabras de Pablo VI. En mi condición de dominico predicador este tema para mí es básico. Tengo que dar testimonio de que todo lo que dice el Papa no lo aprendí en sus palabras, sino en una experiencia directa sacada de la Renovación. Teóricamente ya lo sabía antes. Vitalmente lo he tenido que aprender como aprenden las cosas los niños. La actualización que la Renovación ha hecho en mi espíritu en este tema de la evangelización y el Espíritu Santo me hace estar en consonancia total con todo lo que el Concilio y los Papas enseñan actualmente sobre el Espíritu Santo y sus carismas. Agradezco, sobre todo, haber aprendido de una manera vital todas estas cosas en una comunidad viva, donde el Espíritu Santo se hace presente haciendo Iglesia, suscitando carismas de toda clase, presididos todos ellos por el vínculo del amor y la caridad. Una comunidad que quien la conozca sabe que está perfectamente sancionada por las enseñanzas del Magisterio que hemos mencionado

La Renovación y el Magisterio

La Renovación no ha sentido nunca una necesidad especial de ser aprobada oficialmente por el magisterio de la Iglesia. Para que una asociación religiosa sea aprobada necesita presentar unos fines, unos estatutos y estructuras de funcionamiento y unas personas fundadoras que garanticen la autenticidad y viabilidad de su proyecto ya en rodaje. Pero la Renovación no ha nacido de la voluntad de ningún hombre ni de la coherencia y actualidad de algún plan pastoral. La Renovación ni tiene fundador ni ha sido proyectada por nadie. Surgió en apariencias espontáneamente pero en realidad suscitada por la acción invisible del Espíritu, que va multiplicando los grupos de oración, a veces con poquitas personas y muy pobres, a lo largo y ancho del mundo. Es una forma distinta y extraña de nacer. Por eso mismo no es contemplada en el Derecho canónico ni está dentro de algún elenco estructural de la Iglesia. Y como la Renovación es vida ha sentido la urgencia de la vida, no la de estructurarse encuadrándose en contextos legales.

Sólo al ir surgiendo grupos y grupos con el mismo Espíritu y las mismas características, la Renovación se ha hecho consciente de que forma un conjunto que en realidad constituye una potencia fáctica dentro de la Iglesia. Entonces ha sentido no sólo la necesidad de coordinarse y relacionarse sino también la de integrarse plenamente en la vida total de la Iglesia para ser discernida y pastoreada por los pastores de la propia Iglesia. Siempre he sentido que es instintivo en la Renovación la necesidad de conectar con la Iglesia, con los pastores y obispos, invitándoles a los grupos y asambleas. Este instinto es sobrenatural y brota de un don de piedad muy desarrollado, siendo propio de ese don la coherencia religiosa. Este hecho siempre lo he visto como una prueba fehaciente del Espíritu que habita en la Renovación. Jamás hemos vivido hasta ahora, al menos en España, la más mínima tentación de autonomía, de crítica o de rechazo. Nunca se han constatado tendencias separatistas, ni siquiera contestatarias sino de fermento y unidad.

Sin embargo, la Renovación ha tenido que sufrir el peso de cierta orfandad. No podemos decir que haya sido acogida ni por obispos ni sacerdotes con los brazos abiertos, salvas sean como es natural algunas excepciones. Tampoco ha sido rechazada con modales agresivos y rigor fundamentalista, salvas sean también en este caso las excepciones. En los largos años que formé parte del equipo de coordinación nacional he experimentado siempre prevención, suspicacia y expectativa, incluso entre los obispos, un poco perdidos ante la novedad emergente de un fenómeno un tanto extraño. La gran mayoría de los clérigos ha marcado conscientemente distancias. De ahí que muchos pequeños grupos vegeten semi perdidos por esos pueblecitos sin un crecimiento adecuado por falta de apoyo, sobre todo en la línea de la predicación y enseñanza. Por una parte cierta desconfianza es natural y no creo que haya producido acritud en nadie y, por otra, le ha venido bien a la Renovación para no ser fácilmente asimilada y diluida, dándole tiempo así para profundizar en los contenidos que el Espíritu quiere trasmitir a través de ella.

Pablo VI.

Sin embargo, la voz de Roma ha sonado siempre con acento de cariño y acogida. Puedo testificar en primera persona que cuando yo mismo he sido encargado de conectar con algún obispo para que presidiera o actuara en las asambleas nacionales, en ocasiones me he encontrado con serias dificultades. En cambio, siempre ha sido consolador escuchar en los congresos internacionales de la Renovación la voz del Papa, siempre acogedora, alentadora, motivadora. A veces me he preguntado: ¿de dónde le vendrá al Papa el talante tan positivo que ha tenido con la Renovación? Si no nos puede conocer...

La primera vez que un Papa dirigió su palabra directamente a la Renovación carismática fue el día 10 de octubre de 1973 en Grottaferrata con ocasión de la Primera Conferencia Internacional de Dirigentes. Asistieron unos 120. En esta ocasión el Papa Pablo VI habló con cariño, pero aún con cierta prevención:

"Nos alegramos con vosotros, queridos amigos, y estamos sumamente interesados en lo que estáis haciendo. Hemos oído hablar tanto sobre lo que sucede entre vosotros... y nos regocijamos. Tenemos muchas preguntas que haceros pero no hay tiempo.

No olvidéis que la vida espiritual ha sido confiada a los pastores de la Iglesia, para que la mantengan intacta y ayuden a desarrollarla en todas las actividades de la comunidad cristiana. La vida espiritual está, pues, bajo la responsabilidad pastoral activa de cada obispo en su propia diócesis. Esto es particularmente oportuno recordarlo en presencia de estos fenómenos de renovación que suscitan tantas esperanzas. Por otra parte, aún en las mejores experiencias de renovación, la cizaña puede mezclarse con el grano bueno. Haremos oración para que seáis llenos de la plenitud del Espíritu y viváis en su alegría y su santidad. Pedimos vuestra oración y os recordaremos en la Misa".

Al año siguiente, 1974, apareció un libro sobre la Renovación del Cardenal Suenens: "¿Un nuevo Pentecostés?" No cabe duda que este libro impactó al Papa. Lo mencionó explícitamente en un discurso al Sínodo de los Obispos que estaban reunidos en Roma: "El Espíritu Santo cuando viene otorga dones. Conocemos ya los siete dones del Espíritu Santo. Pero concede también otros dones que ahora se llaman... bueno, ahora... siempre, se llaman carismas. ¿Qué quiere decir carisma? Quiere decir don. Quiere decir gracia. Son gracias particulares dadas a uno para otro, para que haga el bien. Uno recibe el carisma de la sabiduría para que llegue a ser maestro, y recibe el don de milagros para que pueda realizar actos que, a través de la maravilla y la admiración, llamen a la fe, etc.

Hoy se habla mucho de ello y, habida cuenta de la complejidad y la delicadeza del tema, no podemos sino augurar que vengan estos dones y ojalá que con abundancia. Que además de la gracia haya carismas que también hoy la Iglesia de Dios pueda poseer y obtener. Citaremos un libro que ha sido escrito precisamente en este tiempo por el Cardenal Suenens, que se titula "Une nouvelle Pentecôte?" Él describe y justifica esta expectativa (hablando de la Renovación) que puede ser realmente una providencia histórica en la Iglesia, de una mayor efusión de gracias sobrenaturales que se llaman carismas".

Para celebrar el año santo, se reunieron en Roma, en mayo de 1975, diez mil peregrinos pertenecientes a la Renovación carismática. Les acompañaron dos cardenales y diez obispos. El Papa Pablo VI habló largamente en francés, inglés, español e italiano. Resumimos unos párrafos de lo dicho en francés:

"El pasado mes de octubre dijimos en presencia de algunos de vosotros que la Iglesia y el mundo necesitan más que nunca que "el prodigio de Pentecostés se prolongue en la historia". En efecto, el hombre moderno, embriagado por sus conquistas ha llegado a creer, para decirlo con palabras del último Concilio, que "él es su propio fin, el único artífice y demiurgo de su propia historia" (GS. 20,1). Desgraciadamente ¡para cuántos de quienes, por tradición, siguen profesando su existencia y, por deber, siguen dándole culto, Dios se ha convertido en algo ajeno a su vida!

Para un mundo así, cada vez más secularizado, no hay nada más necesario que el testimonio de esta "renovación espiritual" que el Espíritu Santo suscita hoy visiblemente en las regiones y ambientes más diversos. Las manifestaciones de esta renovación son variadas: comunión profunda de las almas, contacto íntimo con Dios en la fidelidad a los compromisos asumidos en el Bautismo, en una oración a menudo comunitaria, donde cada uno, expresándose libremente, ayuda, sostiene y fomenta la oración de los demás, basado todo en su convicción personal, derivada no sólo de la doctrina recibida por la fe, sino también de una cierta experiencia vivida, a saber, que sin Dios el hombre nada puede, y que con Él, por el contrario, todo es posible; de ahí esa necesidad de alabarle, darle gracias, celebrar las maravillas que obra por doquier en torno nuestro y en nosotros mismos.

La existencia humana encuentra su relación con Dios, la llamada "dimensión vertical", sin la cual el hombre está irremediablemente mutilado. No es que esta búsqueda de Dios se muestre como un deseo de conquista o de posesión: esta búsqueda quiere ser pura acogida a Aquél que nos ama y se nos entrega libremente deseando, porque nos ama, comunicarnos una vida que hemos de recibir gratuitamente de Él, pero no sin humilde fidelidad por nuestra parte. Entonces esta "renovación espiritual", ¿cómo no va a ser una "suerte" (posibilidad, oportunidad) para la Iglesia y para el mundo? Y, en este caso, "¿cómo no adoptar todos los medios para que siga siéndolo?"

Juan Pablo II.

El 11 de diciembre de 1979 el Papa Juan Pablo II recibió en audiencia especial al Cardenal José Suenens y a los miembros del Consejo de la Oficina internacional de la Renovación carismática. La audiencia, que tuvo una hora y media de duración, comenzó con la proyección de un documental sobre la Renovación. Cuando terminó la proyección el Papa dijo:

"Gracias. Ha sido una expresión de fe. Sí, el canto, las palabras, los gestos. Es... ¿cómo decirlo? Es una revolución de expresión vital. Esta dimensión expresiva de la fe estaba ausente. Esta dimensión de la fe era reducida, sí, inhibida, muy escasa. Este movimiento está ya en todas partes. También en Polonia, aunque allí es menos expresivo"

Y siguió el Papa con los siguientes comentarios:

"Este es mi primer encuentro con vosotros, católicos carismáticos. Permitidme, antes de nada, explicar mi propia vida carismática: Yo siempre he pertenecido a esta renovación en el Espíritu Santo. Cuando estaba en la escuela, con doce o trece años, a veces tenía dificultades con los estudios, en particular con las matemáticas. Mi padre me dio un libro de oración, lo abrió en una página y me dijo: aquí tienes la oración del Espíritu Santo. Debes decir esta oración todos los días de tu vida. Yo he permanecido obediente a esta orden de mi padre desde hace casi 50 años.

Esta fue mi primera iniciación espiritual, de manera que puedo entender lo relacionado con los diferentes carismas. Todos ellos son parte de la riqueza del Señor. Estoy convencido de que este movimiento es un signo de su acción. El mundo necesita mucho de esta acción del Espíritu Santo y de muchos instrumentos para llevarlo a cabo. La situación en el mundo es muy peligrosa. El materialismo se opone a la verdadera dimensión del poder humano, todas las diversas clases de materialismo. El materialismo es una negación de lo espiritual y es por esto por lo que necesitamos la acción del Espíritu Santo. Ahora yo veo este movimiento, esta actividad por todas partes. En mi país he visto una presencia especial del Espíritu Santo. A través de esta acción el Espíritu Santo viene al espíritu humano, y desde ese momento empezamos nuevamente a vivir, a encontrarnos nosotros mismos, a encontrar nuestra identidad, nuestra total humanidad. De manera que estoy convencido de que este movimiento es un muy importante componente de la total renovación, de esta renovación espiritual de la Iglesia".

Son muchas las veces que Juan Pablo II ha hablado directamente a la Renovación carismática. No es necesario citar más textos para no hacer este recorrido demasiado prolijo. Termino con unas palabras que el Papa actual dirigió a la Sexta Conferencia internacional de Dirigentes, celebrada en Roma en mayo de 1987:

"En la paz y el gozo del Espíritu Santo os doy la bienvenida a todos vosotros, llegados a Roma de todos los países del mundo. Estoy muy contento de recibiros hoy y, para empezar, quiero aseguraros que vuestro amor por Cristo y vuestra apertura ante el Espíritu de la verdad son un testimonio muy valioso en la misión de la Iglesia en el mundo.

En este año se cumple el vigésimo aniversario de la Renovación carismática católica. El vigor y la fecundidad de la Renovación atestiguan ciertamente la poderosa presencia del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia, en estos años posteriores al Concilio Vaticano II. Por supuesto, el Espíritu ha guiado a la Iglesia en todos los tiempos, produciendo una gran variedad de dones entre los fieles. A causa del Espíritu, la Iglesia conserva una permanente vitalidad juvenil, y la Renovación carismática es una elocuente manifestación de esta vitalidad hoy, una expresión vigorosa de lo que "el Espíritu está diciendo a las iglesias" (Ap, 2,7) cuando nos acercamos al final del segundo milenio".

Oportunidad ecuménica

Uno de los temas en los que más han insistido los Papas al hablar a la Renovación es, dicho con palabras de Juan Pablo II, "en la grave tarea del ecumenismo" (A la IV Conferencia de Dirigentes). También en esta perspectiva aparece claro que la Renovación es una suerte y oportunidad para la Iglesia. En efecto, esta corriente espiritual se encuentra hoy en día no sólo presente sino viva y fecunda en todas las denominaciones e iglesias cristianas. Ningún otro movimiento espiritual existe ni ha existido jamás con tales características. Este es un hecho algo más que sorprendente, es un hecho digno de una seria reflexión y promoción.

Muchos de los que llevamos años en la Renovación hemos tenido ocasiones de compartir nuestra oración con miembros de otras iglesias cristianas. Yo he vivido esa oportunidad en varios países, sobre todo europeos y orientales. Nos podemos pasar las horas orando, cantando, alabando, hablando del Señor sin la más mínima sensación de estar divididos en nada. El Espíritu se ha derramado en todos con el mismo calor, la misma efusión y el mismo "bautismo". He experimentado que no sólo no surgen problemas en el momento de darse la paz, sino que, por el contrario, existe el abrazo fuerte y alegre del reencuentro. ¿Dónde está, pues, la división?

Las diferencias están más arriba, no en las reuniones marcadas por el trato sencillo. Están en las ideas, en los dogmas, en las expresiones estereotipadas, en ciertas praxis litúrgicas y sacramentales. Pero ¿podrán estas cosas resistir ante el empuje de la convivencia, del compartir y de la amistad? Yo pienso que el Espíritu Santo ha empezado bien uniendo los corazones para que después se puedan disolver como azucarillos los grandes bloqueos teóricos. Todo está en su mano, pero el hecho claro es que la Renovación se presenta como una oportunidad histórica para realizar este cometido.

¿Cómo ha de realizarse esta tarea? Contesta Juan Pablo II, en la misma Conferencia citada más arriba: "El mismo Concilio nos lo indica: antes que nada los católicos, con sincero y atento ánimo, deben considerar todo aquello que en la propia familia católica debe ser renovado y llevado a cabo para que la vida dé un más claro y fiel testimonio de la doctrina y de las normas entregadas por Cristo a través de los apóstoles (UR. 4). Una labor que de verdad sea ecuménica no intentará eludir las tareas difíciles, tales como la convergencia doctrinal, basándose en crear una especie de "iglesia del espíritu" autónoma fuera de la Iglesia visible de Cristo. Un auténtico ecumenismo servirá más bien para aumentar nuestro anhelo por la unidad eclesial de todos los cristianos en una fe, a fin de que "el mundo se convierta al Evangelio y de esta manera se salve para la gloria de Dios" (UR. 1). Tengamos la seguridad de que si nos entregamos a la obra de una verdadera renovación en el Espíritu, este mismo Espíritu Santo nos dará la estrategia a favor del ecumenismo que convertirá en realidad nuestra esperanza de "sólo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos" (Ef. 4,5-6).

En la dimensión del poder

Después de hacer este largo recorrido por esta bella historia no nos cabe duda de que el Espíritu ha suscitado la Renovación en los tiempos presentes para reeditar de alguna manera los signos que fueron al principio sello y característica de una auténtica evangelización. "Mi palabra y predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría humana, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder..." (I Co. 2,4).

Juan Pablo II nos urge a una reevangelización del mundo: "con un nuevo ardor, nuevos métodos, nueva expresión" ¿No es ésa la vocación de la Renovación? Ella está capacitada para ofrecer a nuestro mundo descreído y materialista los signos que le despierten de su letargo. La Renovación cree en los carismas extraordinarios y cree, sobre todo, en su necesidad para los tiempos presentes. Se ha desembarazado de un complejo histórico y emerge como una oferta limpia y joven para un mundo anciano y decrépito. No intenta un simple cambio teológico, bíblico, litúrgico o moral; su vocación está en reactualizar en la Iglesia la dimensión del poder con manifestaciones carismáticas de todo tipo que avalen una predicación ungida y una presencia amorosa de Dios también para nuestros tiempos. No es en la línea intelectual, suficientemente atendida en estos momentos, donde quiere moverse; no intenta ilustrar ni profundizar teóricamente en determinadas doctrinas; quiere llegar a los corazones con los signos de la ternura y la cercanía de Dios.

¿Cuáles son estos signos? Una palabra nueva y poderosa que rompa los corazones. Una teología nueva hecha desde el pueblo y para el pueblo. Sanaciones interiores de tanto complejo, depresión y desconcierto. Palabras de conocimiento que iluminen las oscuridades de los corazones. Sanaciones físicas de ciegos, cojos, paralíticos y de todas las lacras modernas como la droga y el sida, "para que toda la ciudad se llene de alegría" (Hch. 8,8). Es importante que como signos de fe broten en el pueblo los frutos del Espíritu, en especial el gozo de la fe y de la oración, la alegría de lo sobrenatural, el orgullo de ser hijos de Dios, para que puedan ser superados los complejos vergonzantes que generan tanta inhibición religiosa en muchas personas. En fin, es importante que surjan comunidades nuevas, que vivan su fe con las mismas expectativas que aquella comunidad primitiva que oraba: "Ahora, Señor, concede a tus siervos que puedan predicar tu palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios, por el nombre de tu santo siervo Jesús" (Hch. 4,29).

Carisma y santidad

Dicen que ejercer un carisma no es signo de santidad. San Juan Crisóstomo señala que en los tiempos primitivos se concedían estos dones incluso a personas indignas (P.G. 51,81). El mismo Jesús nos dice: "Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Jamás os conocí, apartaos de mí, agentes de iniquidad" (Mt. 7,22). Es cierto que la santidad viene marcada por el grado de caridad que es la expresión más genuina y esencial de la gracia santificante.

Sin embargo, yo no me quedo tranquilo cuando, por esta razón, algunos intentan banalizar el ejercicio de los carismas. No, no son dos cosas opuestas sino más bien complementarias. Teóricamente se puede entender la santidad sin los carismas pero, en la práctica, Dios no actúa así. Los grandes santos siempre han sido sujetos dotados de los más grandes carismas. ¿No es la santidad la plenitud del Espíritu? Donde está el Espíritu están sus manifestaciones. A veces tenemos un concepto de santidad demasiado determinista y ascético.

Pero aún hay más. Me atrevo a decir que de ordinario Dios no concede estos grandes dones a sujetos impreparados. Les haría mucho daño y Dios es bueno. ¿Imagináis a un soberbio haciendo milagros en nombre de Dios? Esos milagros serían su condenación pues multiplicarían al infinito su soberbia. El problema puede estar en los carismas falsos pero ésa es otra cuestión. Lo que nos llega de Dios siempre viene envuelto en amor. Por eso, aquéllos que ejercitan algún carisma en nombre de Dios han sido preparados y sometidos a un duro entrenamiento por el Espíritu, han sido despojados de su yo y han sido colmados de caridad hacia el pueblo. Para ejercitar un carisma con verdadera unción y fruto Dios exige la misma fe que tuvo Abrahán.

La Renovación carismática sabe mucho de estas cosas. Se parece a un iceberg del que sólo queda al descubierto un veinte por ciento de su realidad. Allá en lo profundo, sumergido en el silencio de las aguas, existe un ejercicio oculto de santidad que el Espíritu va realizando. La Renovación es Jesucristo vivo y resucitado, el que quiere hacer efectiva en el mundo aquella frase: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt. 28,18). Id, llevad mi mensaje y comunicádselo a toda la creación.

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