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Para creer hace falta corazón, reconoce el predicador del Papa
En su segunda predicación de Adviento ante Benedicto XVI y la Familia Pontificia

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 9 diciembre 2005 (ZENIT.org).- En la fe en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y salvador del mundo, el corazón también tiene un papel, con la unción del Espíritu Santo, considera el predicador del Papa.

«De la mano» de apóstol Juan y en presencia del Papa y de sus colaboradores de la Curia, prosiguió este viernes el padre Raniero Cantalamessa OFMCap sus reflexiones sobre «La fe en Cristo hoy» como preparación a la Navidad.

«Cristo es el objeto específico y primario del creer según Juan –explicó--. “Creer”, sin otras especificaciones, significa ya creer en Cristo. Puede también significar creer en Dios, pero en cuanto que es el Dios que ha enviado a su Hijo al mundo».

De hecho, «Juan hizo de la divinidad de Cristo y de su filiación divina el objetivo primario de su Evangelio», en cuyas páginas «creer en quien el Padre ha enviado es visto como “la obra de Dios”, lo que agrada a Dios, absolutamente», puntualizó.

«Jesús pide para sí –señaló el sacerdote franciscano-- el mismo tipo de fe que se pedía para Dios en el Antiguo Testamento: “Creéis en Dios; creed también en mí” (Jn 14,1)».

El apóstol Juan, el discípulo amado de Jesús, «no nos ha trasmitido un conjunto de doctrinas religiosas antiguas --aclaró--, sino un poderoso kerigma», una síntesis «de la fe en Cristo» que ocurrió bajo el influjo de la unción del Espíritu Santo «de la que él mismo» tuvo «experiencia personal».

Reconoció el predicador de la Casa Pontificia que «la divinidad de Cristo es la cima más alta, el Everest, de la fe. Mucho más difícil que creer sencillamente en Dios».

Y así como «quien quiere creer en Cristo está obligado a hacerse su contemporáneo en el abajamiento, escuchando el “testimonio interno” que sobre él nos da el Espíritu Santo», no se debe omitir la relevancia de «la resurrección de Cristo», ni dejar de tener en cuenta «el testimonio externo de los apóstoles».

Pero hay en el «testimonio interno del Espíritu Santo» «un importante elemento de verdad que debemos tener en cuenta para hacer nuestra fe cada vez más auténtica y personal», recalcó el padre Cantalamessa

Y es que «es de las raíces del corazón de donde sale la fe», según exclamaba San Agustín «parafraseando el paulino “corde creditur”, con el corazón se cree», apuntó.

«Esta fe “del corazón” es fruto de una especial unción del Espíritu. Cuando se está bajo esta unción creer se convierte en una especie de conocimiento, de visión, de iluminación interior (...). Oyes afirmar de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6) y sientes dentro de ti, con todo tu ser, que lo que oyes es cierto», reconoció.

Esta iluminación de fe «ayuda, entre otras cosas, a entender» lo que debió «haber experimentado Saulo en el camino a Damasco ante la luz que destruía en un instante todo su mundo interior y lo sustituía con otro»; pero la historia actual también «está llena de estos encuentros con Cristo que cambian la vida», recordó.

Y que «demuestran --añadió-- que Jesús es verdaderamente “el mismo, ayer, hoy y siempre”, capaz de aferrar los corazones de los hombres de hoy con no inferior fuerza que cuando “aferró” a Juan y Pablo».

Enlazando la época del apóstol con la actual, recordó que Juan también vivió en un contexto cultural donde se empezaba a experimentar un cierto cosmopolitismo y se respiraba «aire de universalismo y de tolerancia religiosa».

Pero lejos de buscar «adaptar a Jesús a este clima en el que todas las religiones y los cultos eran acogidos, con tal que aceptaran ser partes de un todo mayor», sin polemizar contra nadie «sencillamente anunció a Cristo como supremo don del Padre al mundo, dejando a cada uno libre de acogerle o no», subrayó.

«Jesús nació “por obra del Espíritu Santo de María Virgen”. El Espíritu Santo y María, a título diferente, son los dos aliados mejores en nuestro esfuerzo de acercarnos a Jesús, de hacerle nacer, por fe, en nuestra vida esta Navidad», concluyó el padre Cantalamessa.