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EL DIVORCIO
¿CONDUCE A LA FELICIDAD?

            La criatura humana desea principalmente la felicidad; pero, de manera parecida a como pueden perderse la vida o la libertad, puede zozobrar la felicidad; o, por mucho que se busque, es posible el fracaso en el intento de encontrarla. El fallo puede proceder de no buscar donde puede encontrarse, o de no hacerlo de la manera adecuada. Existen reglas precisas para la búsqueda de la felicidad y también para su conservación. Por ignorancia muchas personas violan esas leyes, pero éstas continúan en vigor y se pagan las consecuencias de habérselas saltado. Es parecido a la corriente eléctrica que puede matar si se ignora que un cable conduce alta tensión y se toca, o se bebe una mezcla que resulta venenosa. La ignorancia no la aísla contra la electricidad, ni es antídoto al veneno. Se da el caso de quiénes se irritan ante esas leyes, que no ignoran. Prefieren dictar sus propias leyes. Desean que la vida les dé la felicidad: la quieren ahora, y bajo sus propias condiciones, pero ¿encuentran lo que buscan? Como un motociclista colérico que no acepta que la carretera no sea recta, y acelera como si lo fuera, como si las curvas no existieran. Algo similar acontece con la persona que exige un derecho de encontrar la felicidad. Nosotros no podemos obligar a la vida a que proporcione la felicidad; la vida, con sus leyes, está dispuesta a dárnosla; pero hay que acatar esas normas. Hay realidades en la vida particularmente capaces de procurar la felicidad, pero no a quien las quiere doblegar según su voluntad. Entre estas realidades se encuentra la relación entre el hombre y la mujer, de modo especial como se realiza en el matrimonio y en la familia [1][1].

            “Si me lanzo a una apuesta, se me tiene que exigir pagar, o no hay poesía en apostar. Si me lanzo a un desafío, se me debe obligar a que luche, o no hay poesía en desafiar a alguien. Si me comprometo a ser fiel, debo ser maldecido cuando no soy fiel, o no hay nada grande en comprometerse” [2][2].

1. La mujer en la familia

            Es un hecho comprobado que una mujer sola es capaz de salvar un hogar, de sacarlo adelante, al grado que se ha hecho la comparación entre la madre dentro de la familia y el mástil principal de un circo: ahí se soporta la carpa, se cuelgan los changos, se sostienen los trapecistas, se rascan los elefantes, etc., pueden caerse los demás postes, que “no pasa nada”, pero no se caiga el mástil principal, porque entonces se acaba la función. Esto es así porque la madre cumple un papel muy excelso en la familia [3][3].

            Y es que la función de la mujer en el hogar es importantísimo, puesto que es una persona que se ajusta a todo, en su sentido más auténtico y honorable. Un ejemplo de esto lo descubrimos cuando vemos a una madre que en la comida “escoge”  las alas del pollo y aún comentar que es la pieza preferida por ella [4][4].

            Por eso estamos con la Madre Teresa cuando dice: “La mujer es el centro de la familia. Si hoy existen problemas graves, es porque la mujer ha abandonado su lugar en el seno de la familia” [5][5].

            Se pone del lado más débil como la persona que equilibra un velero al sentarse donde hace falta peso. Así es la mujer, y su oficio es generoso, peligroso y romántico. En este  oficio de ser madre, se está generalmente encerrada en casa con un ser humano que hace todas las preguntas que pueden existir y algunas que ni siquiera existen. Si alguien dice que este deber es en sí mismo demasiado exigente y opresivo, es entendible. Pero cuando se tilda de desagradable lo doméstico por insignificante, descolorido y de muy poca consecuencia para el espíritu humano, no entiendo qué significan esas palabras. ¿Cómo es posible que enseñar a otros sea una carrera profesional importante y grande, mientras que enseñar a los propios hijos de uno todo sobre el universo sea una carrera insignificante y diminuta? Los bebés no necesitan que se les enseñe un oficio, sino que se les introduzca a un mundo entero. Valía la pena echar todo este peso sobre las mujeres para mantener el sentido común en el mundo [6][6].

Sin embargo, aunque sea cierto que en muchos casos basta una mujer para sacar adelante al resto de la familia y hacerlo muy bien, la evidencia está a favor de la familia unida y completa, que nace de un hombre y una mujer, desempeñando su papel de padre y de madre; así se dan las mejores condiciones para el crecimiento de los hijos. No es válida la sospecha generalizada sobre los hombres a los que automáticamente se les tacha de autoritarios y violentos, a la vez de irresponsables, inútiles o apáticos.

En la familia, mujeres y hombres son insustituibles. La falta de padre en la familia suele traer consecuencias económicas negativas (la llamada feminización de la pobreza), pues muchas veces una mujer sola afronta el compromiso de sacar adelante a los hijos, ya que ella puede renunciar a ser esposa, pero difícilmente deja su papel de madre.

2. Matrimonio ¿para qué?

            La finalidad natural del matrimonio redunda en los hijos y en el bien de los cónyuges, independientemente de los motivos personales que tengan los propios contrayentes. Sin embargo, parece como si el matrimonio hubiera salido mal al hombre actual, pues se siente inseguro y hasta decepcionado ante él, como queda evidenciado por la legalización del divorcio y su frecuencia, en prácticamente todos los países de occidente: se cree en el divorcio y se pierde la fe en el matrimonio [7][7].

            Está tan difundido el divorcio, que se menciona lo mismo en una telenovela barata, que en un documental fílmico de la National Geographic aunque lo que se exponga sea la vida de los chimpancés.

            Los partidarios del divorcio comentan que es más honrado reconocer que un matrimonio es infeliz, y ponerle fin. Se difunde que el divorcio ha sido la gran liberación para aquellos que no han podido realizarse en su matrimonio y que desean intentarlo de nuevo; que ha hecho felices a muchos; que cada vez son más los que logran rehacer su vida después del divorcio; y, que quien cometió un error al casarse, no tiene por qué pagarlo toda la vida.

            Entre quienes se divorcian pueden existir motivaciones muy distintas. Unos pretenden alejarse del cónyuge y continuar su vida sin buscar pareja; en otros su motivación ha sido precisamente el haber encontrado otra; y también los hay que viven sin compromiso, con personas distintas. En cualquier caso existe una insatisfacción que se espera llenar una vez conseguido el divorcio.

            Una estadística de 1997, realizada por el centro de investigación “Euromonitor” de Londres, muestra que el promedio para Europa fue de 1.93 divorcios por cada mil habitantes. Italia registró 0.6, comparado con 0.21 hace veinte años. En cambio, Gran Bretaña tuvo 3.25 divorcios por cada mil habitantes, comparado con 2.45 en 1977. Otros países con un alto nivel de divorcios son Noruega, 2.63; Finlandia, 2.61; Suecia, 2.56; Holanda, 2.50; Austria, 2.49; Alemania Occidental, 2.48. Junto con Italia, los últimos puestos son para Grecia, 0.73 y España, 0.88. En cuanto a los niveles mundiales Gran Bretaña está en sexto lugar. El puesto número uno lo ocupa Estados Unidos, con 4.5 divorcios por cada mil habitantes. Le siguen varias repúblicas de la ex Unión Soviética: Bielorrusia con 4.2, Rusia y Ucrania con 3.62 y Estonia con 3.62 [8][8].

            Es verdad que el divorcio legal hace posible que se disuelva el vínculo civil del matrimonio dejando a los cónyuges en aptitud de contraer otro (Art. 266 del Código Civil para el D.F.), pero esta posibilidad no basta para explicar por qué ha habido un crecimiento de las crisis matrimoniales.

            ¿Qué significaba el matrimonio para quienes se divorciaron? ¿es un contrato establecido en cálculos de beneficios mutuos? ¿ha de basarse en el eros, en la amistad o en el aspecto económico? ¿es un medio para la realización personal? ¿es un empeño de amar a una persona?

            Existen muchísimas explicaciones, sin embargo ninguna tan comprometida con esta institución como la que enseña la Iglesia, que en su Catecismo enseña que el hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos”) y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Génesis 2, 24), puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Génesis 1, 28) ” [9][9]. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” [10][10].

            A pesar de lo expuesto, vemos que el divorcio es una realidad en nuestros días; se le ha otorgado carta de ciudadanía en casi todos los países sin poner en tela de juicio su beneficio. Sin embargo, empiezan a aparecer efectos negativos que frustran a quienes esperaban alcanzar la felicidad con el cambio en su vida matrimonial.

4. Situaciones que crea el divorcio

            Tras la liberación del divorcio ha descendido el nivel de vida de muchas mujeres y de los hijos y han aumentado los gastos del Estado. Así lo pone de manifiesto el libro de Marzio Barbagli “Provando e riprovando. Matrimonio, famiglia e divorcio in Italia e in altri paesi occidentali”.

            Comenta el autor que todos hemos oído hablar de las sumas que cantantes, actores o grandes empresarios deben pasar a sus antiguas mujeres tras el divorcio, pero no son tantos los casos en los que el tribunal obliga al marido a que pague una pensión para mantener a su ex-mujer:

                                   País                           Porcentaje

                                   Suiza                          54 %

                                   Australia                    26 %

                                   Bélgica                                  23 %

                                   Estados Unidos        15 %

                                   Alemania                   14 %

                                   Francia                                  10 %

                                   Suecia                                   7 %

            De entrada -continúa el libro-, dividir una familia supone mayores gastos, pues para que una persona adulta que viva sola alcance el mismo nivel de vida, necesita la mitad de los ingresos de un matrimonio con dos hijos. Menciona que un año después del divorcio el nivel de vida de las mujeres disminuye en un 73% mientras que el de los hombres aumenta en un 42%.

            En Canadá las mujeres divorciadas sufren una baja del 40% en su bienestar económico, según el estudio realizado por la Universidad de Laval. Este análisis, el primero que compara en Canadá las situaciones económicas de un matrimonio antes y después de su ruptura, se ha elaborado a partir de las declaraciones de impuestos de 3,075 mujeres que se divorciaron entre 1982 y 1986 [11][11].

            Ahora bien, los que más padecen el descenso de nivel de vida, son los hijos.

            El Crédoc, Centro de Investigación para el Estudio y Observación de las Condiciones de Vida, dependiente del primer ministro en Francia, estima que el 41% de las familias pobres francesas son monoparentales [12][12].

            Otros efectos sociales que se derivan son: aumento de criminalidad juvenil e incremento del consumo de drogas [13][13]; menor éxito en los estudios, más problemas de comportamiento y peores empleos, según un estudio del Centro de Investigaciones Familiares de la Universidad de Cambridge. Esta investigación tiene especial valor por haberse basado en la observación de 17,000 británicos nacidos en la misma semana de marzo de 1958, a los que se les dio seguimiento. Se ha llegado a la conclusión de que para un niño el divorcio de los padres es más perjudicial que quedar huérfano [14][14].

            Los partidarios del divorcio quizá no se han puesto a pensar el problema personal y social que plantea su situación al llegar a edades avanzadas o ante una enfermedad, pues ¿quién y cómo se ocupará de un divorciado que vive aislado? ¿qué calidad de cuidados y atenciones se podrán tener para con esa persona? Pensemos también en la carga y riesgo social que representan los hijos abandonados por sus padres.

5. Variables y causas del divorcio

El marido perfecto, la esposa perfecta, no existen, por ello no es un destino que durante el noviazgo puedan conocerse lo mejor posible, con todo y defectos. Resulta necesario haber hablado con la la suficiente claridad sobre las responsabilidades, los ingresos, los defectos notorios. Si esto no se hace así, es lógico pensar que muchas veces el fracaso del matrimonio se debe fundamentalmente a que hubo un fracaso anterior, el del noviazgo.

Otro aspecto es el de que cuando el noviazgo ha avanzado, el tiempo crea un compromiso del que no es fácil liberarse, al sentirse comprometidos porque ya tienen tiempo de novios y si cortan ¿cómo lo van a explicar a los demás? Quizá a esto se debe un comentario que iba en el sentido de que debería prohibirse a los novios casarse cuando llevan mucho tiempo con esta relación, porque lo que sigue es casarse “sin remedio”.

Obviamente, sea como sea, es de mucho provecho haber tenido la experiencia del noviazgo para poder solventar aquellas cuestiones previsibles para cuando se fuera a dar la vida matrimonial.

Con la intención de salvar los matrimonios, se han realizado muchos estudios acerca de las posibles causas y variables del divorcio, a continuación veremos algunos de ellos.

Se mencionan tres variables del divorcio. La primera es la transmisión hereditaria de la inestabilidad conyugal, o sea, los hijos de divorciados se divorcian más que los que provienen de familias estables. Divorcio llama a divorcio, pues se tiene una actitud más “abierta” hacia el divorcio.

            La segunda variable es la religión (en este sentido la Iglesia ha sido muy clara al promover la fidelidad matrimonial y prohibir el matrimonio entre divorciados: cfr. San Mateo 19, 1-13).

            En tercer lugar está la creciente difusión del trabajo de la mujer fuera del hogar, aunque no está claro si el trabajo de la mujer fuera del hogar favorece el divorcio o si es simultáneamente causa y efecto. Pero hay que tener en cuenta que los conflictos conyugales surgen cuando los maridos siguen comportándose como si nada hubiera cambiado, anclados en la tradicional división de tareas y del poder [15][15].

            Un estudio, del Instituto de Sociología de la Universidad de Berna, Suiza, basado en datos de más de 10,000 personas, seleccionadas de modo representativo y entrevistadas personalmente, menciona cinco puntos:

            1° Se observa que el divorcio es más frecuente en matrimonios en los que la mujer trabaja fuera del hogar. Explican que este hecho hace que tengan más alternativas al matrimonio. Pero hay también indicios de que el matrimonio de esas mujeres no es menos estable cuando existen medidas para mejorar la compatibilidad de la profesión con la familia.

            2° La sola percepción de un riesgo de divorcio en un matrimonio puede aumentar ese riesgo. Si los esposos empiezan a dudar de que su unión dure, ese escepticismo va a provocar que reduzcan el esfuerzo invertido en el matrimonio.

            3° Con el aumento del número de divorciados en una sociedad, es más fácil encontrar una nueva pareja después de un divorcio.

            4° Mientras que en sociedades en las que el divorcio es excepción los divorciados están expuestos a grandes discriminaciones, que desaparecen con el aumento del número de divorcios.

            5° Hijas y, sobre todo, hijos de matrimonios divorciados tienen a su vez una divorcialidad mucho más elevada que la media.

            Según la teoría económica de la familia, del Premio Nobel, Gary S. Becker, la estabilidad de la “empresa familia” aumenta con el grado de inversiones específicas en el matrimonio. Estas inversiones pueden ser simplemente materiales (propiedades) o de otro tipo (hijos, amigos, etc.).

            La religión también es un factor importante a considerar, señala el estudio de la Universidad de Berna. Un matrimonio protestante tiene un 30% más de riesgo de divorcio que un matrimonio católico, pero entre un 18% y un 38% menos que un matrimonio mixto, y entre un 72% y un 112 % menos que un matrimonio sin confesión. Matrimonios que cohabitan antes de casarse tienen entre un 40% y un 60% más de riesgo de acabar en divorcio. Por último, se afirma que, ante el divorcio de sus padres, las niñas reaccionan de un modo más controlado, mientras que los niños manifiestan abiertamente más agresividad [16][16].

            Ahora bien ¿cuál es la razón por la que sale mal un matrimonio? ¿realmente sale mal, o, más bien, se enfoca mal? Tres motivos parecen confirma esto último:

            1° La tendencia, consecuencia de la pérdida de fe religiosa, a deificar el amor humano, a esperar de él lo que sólo Dios puede dar. Pedir la felicidad perfecta al matrimonio es pedirle demasiado.

            2° La inclinación de crear un nuevo orden de prioridad en los fines del matrimonio, concretamente la tendencia a pensar que el matrimonio está principalmente para la satisfacción del amor, y secundariamente, si acaso, para tener hijos. Para mucha gente, los hijos son para el matrimonio lo que los accesorios en los automóviles: opciones. “Inclúyelos si te gustan y tienes dinero suficiente para pagarlos, si no, el matrimonio puede funcionar perfectamente sin ellos”. Los fines objetivos del matrimonio son distintos de los motivos personales para casarse. El motivo principal que la mayor parte de la gente tiene para casarse es sin duda el amor, y si el tener hijos es uno de ellos, lo hace como motivo secundario, y en algunos casos ni siquiera entra. Pero una cosa son los motivos para casarse, y otra, bien distinta, es la manera como el matrimonio concede la felicidad [17][17].

            3° La tendencia a ver oposición entre la felicidad y los hijos, en lugar de verlos como complementarios. Uno de los errores más evidentes, más frecuentes y más tristes de tantas parejas jóvenes que se casan, es la decisión de aplazar el tener hijos durante unos años. El resultado es que precisamente en el momento en que el romance -el amor fácil- empieza a desaparecer, cuando empiezan a tropezarse con dificultades, necesitan apoyo, y el principal, que la naturaleza había pensado para ese momento -sus hijos- no existe. Muchas parejas jóvenes quieren pasarlo bien durante algunos años, pero, a fin de cuentas, pasarlo bien juntos es un ideal bastante pobre, y no es capaz, desde luego, de mantenerlos unidos en el amor, durante toda una vida [18][18].

6.  El divorcio ¿por qué? ¿no existirá otra solución mejor que contar con él?

Por una parte está la idea: “Yo no podré ser feliz si tengo que seguir viviendo con mi marido o con mi mujer”. Por otra, la convicción: “Pero sin el amor de mis hijos, tampoco seré feliz”. Una persona puede discurrir así: “Podré divorciarme y tener a mis hijos conmigo, tener su amor”. Aquí se pierde el contacto con la realidad porque una persona podrá retener la custodia de sus hijos, pero el mismo hecho del divorcio destruye inevitablemente una parte del amor, porque con el divorcio las cosas no podrán ser como antes. Son pues dos fuerzas que combaten, dos voces empeñadas en hacerse oír: “Estoy harto (a)” y “No pienses tan sólo en ti”. El cansancio tiene sus argumentos “es mejor para los hijos que nos separemos, a que nos vean pelear”.  Este argumento es parcial, porque es peor divorciarse que perder un padre por la muerte. Para él o para ella podrá ser mejor, pero no necesariamente para los hijos el tener otro padre o una nueva madre. El amor que los hijos necesitan es el de ambos padres juntos, unidos [19][19].

            Como comenta Elisabeth Stewart, esposa y madre de tres hijos: Lo que yo quiero de la vida y lo que yo creo que me hará feliz, debe incluir en último término lo que hace feliz a mi marido y a mis hijos. Cualquier cosa que haga tiene consecuencias directas en sus vidas. Las decisiones que tomé en el pasado -casarme, tener un cierto número de hijos, etc.- condicionan las que tomo ahora. No me imagino anunciando a mi familia: Perdón, todo esto ha sido un terrible error, esto no es lo que yo verdaderamente quería para mi vida [20][20].

            Cuando no se encuentra gusto compartiendo los momentos con la familia o el cónyuge, la vida familiar se vuelve pesada y se comienzan a descuidar aún más los deberes familiares. Si sólo se encuentra disgusto en aquella vida familiar en la que se habían fincado las esperanzas, es probable que se inicie la búsqueda de compensaciones, desviadas de la propia familia. Y de ese apagar la sed en lo que no es su familia, nacerá un mayor disgusto, que resultará cada vez más costoso y antipático. Poco a poco, el cónyuge puede llegar a verse tentado por cambiar de vida, al tiempo que se agrandan las dificultades que, en circunstancias normales, se superarían con facilidad.

            Estas situaciones que se dan en la vida familiar, se agravan, cuando existe la posibilidad del divorcio. En la búsqueda de la felicidad esperada, muchas personas divorciadas vuelven a casarse, y una vez que tiene lugar el segundo matrimonio, es muy difícil que exista otra oportunidad para restablecer el anterior.

            A primera vista, el divorcio parece una solución comprensible para las personas cuyo matrimonio ha fracasado y que desean casarse de nuevo; sin embargo, una mirada atenta enseña que, lejos de ser un remedio, perjudica a las personas y aumenta los problemas, porque su sola posibilidad alienta las uniones poco profundas.

            El divorcio no favorece la felicidad, sino el divorcio, que se reproduce rápidamente. Si en las sociedades divorcistas hasta el 50% de las personas que se casan no alcanzan esa deseada felicidad ¿en dónde la podrán hallar? ¿en nuevas nupcias? Las estadísticas muestran que no. El índice de divorcios entre personas divorciadas que vuelven a casarse es tres o cuatro veces superior al de quienes contraen matrimonio por primera vez [21][21].

Es un hecho que el matrimonio se asume con el propósito de conseguir la felicidad entre los contrayentes, y en la base del vínculo que realizan se encuentra el amor que se tienen. Ahora bien, resulta necesario entender que aunque el matrimonio puede hacer felices a los cónyuges:

            1° No puede logrado de modo perfecto.

            2° No lo consigue sin esfuerzo. La felicidad fácil habitualmente no es duradera

            3° No ha de concluirse con impaciencia que debe hacerme feliz a mi. El matrimonio egoísta no hace feliz a nadie [22][22].

Por eso debería comportar siempre una elección bien meditada.

            La naturaleza del matrimonio exige que sea de uno con una y para toda la vida (unidad e indisolubilidad), porque el régimen monógamo e indisoluble de la institución matrimonial es la única que garantiza, y la que mejor lo hace, las exigencias y finalidades del matrimonio: el bien de los cónyuges y la generación y educación de los hijos.

            Es evidente que no todo matrimonio es perfecto, ni tampoco que marido y mujer deban permanecer unidos a costa de los hijos, pero eso no autoriza la posibilidad de desvincularse para luego contraer una nueva unión.

            La realidad nos dice que cuando una persona se une bajo la institución matrimonial, busca que sea una situación estable, permanente, duradera; ahora bien, si esta actitud no es compartida en forma absoluta por ambos cónyuges, resulta engañado quien se unió teniendo en cuenta que era para toda la vida; por otra parte también se ha comprobado que cuando no se contempla la salida fácil del divorcio ayuda a sacar el matrimonio adelante.

            El matrimonio, pues, es un campo en el que entra en juego directa y seriamente la virtud de la justicia: entre marido y mujer, entre padres e hijos, y la sociedad entera.

            Se construye sobre el compromiso de futuro asumido por ambos cónyuges, que incluye la realización de una importante inversión personal de tiempo, energías y dedicación. El compromiso es lo que dota de estabilidad institucional al matrimonio [23][23].

7.   ¿Un matrimonio indisoluble?

            Desde la antigüedad se ha definido el matrimonio como un consorcio entre marido y mujer para toda la vida (Modestino: nuptiae sunt coniunctio maris et feminae consortium omnis vitae). Justiniano en sus Institutas lo define como una comunidad indisoluble entre un hombre y una mujer (nuptiae autem sive matrimonium est viri et mulieris coniunctio individuam consuetudinem vitae continens).

            En términos semejantes fue establecido el matrimonio en México, según refiere el artículo 154 del primer código Civil que data de 1870 al definirlo como: “la sociedad legítima de un solo hombre y una sola mujer, que se unen con vínculo indisoluble para perpetuar su especie y ayudarse a llevar el peso de la vida” [24][24]. Con tal disposición, el matrimonio solamente se podía disolver con la muerte de alguno. Se admitía la separación de cuerpos, pero sin romperse el vínculo matrimonial. Más tarde se estableció el matrimonio como una unión disoluble.

            Así que pretender que exista de nuevo un matrimonio indisoluble resulta congruente con sus orígenes, además de evidente por sus fines, como lo muestran los derechos y deberes que surgen de este peculiar contrato: socorrerse mutuamente (Art. 162 del Código Civil para el D.F.), tener hijos (Art. 147 y 162), vivir juntos en el domicilio conyugal (Art. 163), contribuir económicamente al sostenimiento del hogar, a su alimentación y a la de sus hijos, así como a la educación (Art. 164).

            Como se puede observar, ningún contrato es capaz de influir tanto en la vida de las personas como lo hace el matrimonio, por ello es de sentido común entender que el matrimonio deba ser tratado con privilegio para conseguir su permanencia, en beneficio de los propios cónyuges, de los hijos, de la familia y de la sociedad misma.

            Y es que en el contrato de matrimonio -como en todo contrato-, se parte de la idea de que se cumpla; nadie se casa con el firme propósito de que, pasado un tiempo de vida matrimonial, deberá necesariamente divorciarse.

            La actual legislación admite causales de divorcio (Art. 267), que son las posibilidades que la ley ha previsto; pero también representa la limitación que establece el derecho para disolver el vínculo; lo que denota el propósito de conservarlo.

            Si la propia ley civil puede establecer limitaciones al divorcio en razón de la preservación del matrimonio, ¿por qué no podrán disponer los propios contrayentes más limitaciones en vías de conservarlo? ¿qué imposibilidad existe para comprometerse el uno con el otro exactamente como lo desean hacer? ¿no será más acorde a la realidad un contrato matrimonial permanente para quienes así lo dispongan?

8.   “Pacto Indisoluble de Matrimonio” (PIM) en favor de la libertad

            ¿En dónde radica la esencia jurídica del compromiso matrimonial? Indudablemente que en la voluntad de los contrayentes para establecer una comunidad de vida tal y como lo establece el contrato de matrimonio. Ahora bien, en cuanto a la permanencia ¿cuál será la voluntad real de quienes lo contraen? ¿qué no habrá quién busca su indisolubilidad? ¿será imposible tolerar un acuerdo de voluntades en el cual unos ciudadanos desean perpetuar su unión -en los términos propios y exclusivos del matrimonio- “hasta que la muerte los separe”? ¿no representará un adelanto jurídico-social establecer un matrimonio indisoluble que manifieste la verdadera voluntad de los contrayentes respecto al deseo de permanencia del contrato que celebran?

            La tradición jurídica en occidente se ha construido sobre el matrimonio. En la relación conyugal encuentran su origen y su causa las restantes relaciones e identidades familiares.

            Han transcurrido muchos siglos (Edad Media) desde que se llegó a individuar el consentimiento personal de los esposos como única causa eficiente de la familia. El ius commune estableció el principio del consentimiento: sólo la voluntad con la que el hombre y la mujer se entregan y reciben mutuamente constituye el matrimonio; este consentimiento no debe ser suplido por ningún tipo de autoridad. Ni los padres, ni quienes detentan el poder, pueden crear el vínculo conyugal, sustituir la voluntad que crea el pacto jurídico entre la mujer y el varón, y que hace que se constituyan en cónyuges, es decir, en los primeros parientes, hasta el punto que su unión es la célula familiar, y por tanto debe ser protegida por la sociedad.

            La voluntad de comprometerse, necesariamente se deposita sobre un contenido. A este respecto, el Art. 147 del código Civil para el D.F. señala que: “Cualquier condición contraria a la perpetuación de la especie o la ayuda mutua que se deben los cónyuges, se tendrá por no puesta”.

Es manifiesto que entre más estable sea el contrato matrimonial, mayor facilidad se encontrará para la ayuda mutua y una responsable perpetuación de la especie.

            Mejor lo define el Art. 147 del código Civil del estado de Nuevo León que establece: “El matrimonio es la unión legítima de un solo hombre y una sola mujer, para procurar su ayuda mutua, guardarse fidelidad, perpetuar la especie y crear entre ellos una comunidad de vida permanente. Cualquier condición contraria a estos fines se tendrá por no puesta”. Y ante esta declaración ¿qué mejor forma de procurar la ayuda mutua, guardar fidelidad (a lo comprometido), perpetuar la especie (responsablemente) y crear una comunidad de vida permanente, que contar con un tipo de matrimonio indisoluble?

            El consentimiento es la única causa eficiente del matrimonio. Y este consentimiento no es un acto privado, pues debe celebrarse ante los funcionarios que establece la ley y con las formalidades que ella exige (Art. 146 del código Civil para el D.F.); de tal manera que no es suficiente la voluntad de convivir, a través de un pacto personal, para que el hombre y la mujer se constituyan en esposos. Tampoco la relación sexual entre hombre y mujer los convierte automáticamente en marido y mujer.

Es por medio del consentimiento como se establecen las dos primeras identidades familiares -la de esposa y la de marido-, sobre las que se articulan las restantes: madre, padre, hija, hijo, hermana, hermano. En cierto sentido, la fiesta nupcial es la celebración social por excelencia: con su presencia activa, los invitados reconocen implícitamente la soberanía de los esposos.

            Por eso dice Chesterton refiriéndose al matrimonio religioso -aunque aplicable al matrimonio bajo cualquier perspectiva- que es más que un contrato, es una promesa muy particular, es una alianza. Dos personas hacen un acuerdo mutuo, único y absoluto, no de intercambiar esto o lo otro, sino de compartirlo todo, incluyendo cualquier mal que pueda caer sobre ellos más tarde ¿qué otro sentido tiene la ceremonia si no es el incluir una promesa? ¿qué sentido tiene esta promesa si no es hacer algo final y dramático? ¿por qué hacer una caminata hasta la iglesia para decir que vas a mantener un cierto enlace mientras lo encuentres conveniente? ¿por qué ponerse enfrente de un altar para anunciar que gozarás de la compañía de alguien mientras dure el gozo? Los audaces términos dogmáticos de la promesa se hacen risibles ante la timidez y trivialidad de la cosa prometida. Decir, ‘Juro por Dios, delante de esta comunidad, y así responderé en el día tremendo del Juicio Final, que María y yo seremos amigos hasta que nos peleemos’, es algo de lo que la misma dicción implica la burla. Es como decir, ‘En el nombre de los ángeles y de los arcángeles y de toda la compañía celestial, me parece que prefiero los cigarros turcos a los egipcios’; ‘Suplicando desconsolado por la misericordia que no conoce fin, confieso que tengo graves dudas de que las sardinas sean buenas para mí’. Obviamente, nadie hubiera inventado ceremonia alguna para celebrar tal promesa. Los hombres y las mujeres hubieran hecho lo que les hubiera venido en gana, como millones de gentes sanas han hecho, sin ninguna ceremonia en absoluto [25][25].

Por todo lo anterior, es válido afirmar que restringir el matrimonio al sistema vigente, sin abrirse a uno pactado indisoluble, sería un retroceso jurídico, similar a aquél en el que era elegida la persona por lo padres e impuesta la voluntad para contraerlo.

¿Si un cónyuge tiene la posibilidad de desdeñar al otro por caer en alguna causal de divorcio, por qué no va a ser jurídicamente posible permanecer unidos en matrimonio hasta la muerte? Contar con un “Pacto Indisoluble de Matrimonio” (PIM), admitiendo la separación judicial de cuerpos por tiempo indefinido -para el caso de desaveniencias-, cuenta con las siguientes ventajas:

            1° Apoya al matrimonio como institución, respetando los compromisos naturales de por vida entre ambas partes; en cambio el divorcio redefine todos los matrimonios como una obligación provisional que se puede concluir unilateralmente.

            2° Mantiene la estima social por el matrimonio, pues la posibilidad de divorciarse conduce al aumento de rupturas matrimoniales.

            3° En cualquier caso, mantiene la integridad de las relaciones familiares y deja abierta la posibilidad de reconciliación. En el caso de los cónyuges divorciados que vuelven a casarse, no queda clara la situación familiar de la primera familia y promueve la irresponsabilidad al permitir al esposo infiel un “derecho” a casarse de nuevo [26][26].

            4° Respeta la verdadera voluntad de los contrayentes sin que ninguno resulte engañado, es decir, se definirán con claridad los verdaderos términos en los cuales desean establecer el vínculo los contrayentes.

            5° Es acorde a una legislación que busque mayor protección a la descendencia, pues la configura como familia única.

            Y ¿qué se pretende con el “Pacto Indisoluble de Matrimonio”? ¿que disminuyan los divorcios? La respuesta es definitivamente un no, sino más bien que mejoren los matrimonios:

            1° Haciendo de la elección una acción bien meditada.

            2° Respetando la libertad de contraerlo indisolublemente.

3° Soluciona jurídicamente una demanda social.

Ante un “Pacto Indisoluble de Matrimonio” (PIM), puede darse una resistencia al cambio, un miedo a restringir la posibilidad de divorciarse, sin embargo, es necesario también hacer notar que una libertad sin vínculos es implanteable, incluso en el orden de las meras relaciones patrimoniales: tratándose de relaciones interpersonales -como son las familiares-, una libertad absolutizada es fuente de graves y profundas injusticias, no sólo para cada una de las personas implicadas, sino también respecto a la sociedad en su conjunto. Un pacto indisoluble crea un vínculo más fuerte y estable en las relaciones familiares, facilitando la justicia y respetando la voluntad de los contrayentes que así lo quieran establecer por propia conveniencia.

            Resulta, por tanto, adecuado legislar a favor de un matrimonio indisoluble estableciendo además la figura jurídica de la separación de cuerpos por tiempo indefinido, que no rompa con el vínculo matrimonial.

            Algo indica que se esté legislando sobre el derecho a elegir el tipo de matrimonio. En el Estado de Luisiana, Estados Unidos, se ofrece a las parejas la posibilidad de establecer un contrato matrimonial más fuerte, que impida el divorcio fácil. Es una estrategia para que cada persona pondere con atención su decisión inicial de contraer matrimonio, además de un estímulo para que cada contrayente realice el máximo esfuerzo para que su matrimonio funcione. El matrimonio pactado (convenant mariage), es el contraído por un hombre y una mujer que entienden y acuerdan que el matrimonio entre ellos es una relación para toda la vida. La propia ley (New Louisiana Convenant  Mariage Law) prevé que los casados con anterioridad al 18 de agosto de 1997, si lo desean, pueden acogerse a esta modalidad matrimonial, haciendo la correspondiente declaración [27][27].

            En resumen, el “Pacto Indisoluble de Matrimonio” (PIM):

            1° Permite a los contrayentes la posibilidad de obligarse mutuamente y con claridad por el tiempo convenido: “hasta que la muerte los separe”.

            2° Protege mejor a la familia, pues en la práctica resulta difícil coaccionar al divorciado -que contrae nuevas nupcias-, para que responda a sus obligaciones con la familia anterior.

Citando la fuente y el nombre del autor, se autoriza la reproducción de este artículo que forma parte del libro “SIN MIEDO A LA VIDA”:

FUENTE

Oscar Fernández Espinosa de los Monteros

Abogado e investigador en materias de Bioética