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SIETE CARDENALES HABLAN DE LA RENOVACION CARISMATICA CATOLICA

 Juan Pablo II

1.     Cardenal Charles Jurnet

2.     Cardenal Joseph Ratzinger

3.     Cardenal Renard

4.     Cardenal Joseph Suenens

5.     Patriarca de Venecia

6.     Cardenal Paul Poupard

7.     Cardenal Carlos martín

 

 

 

LA IGLESIA, PATRIA DE RENOVACIONES ESPIRITUALES

Juan Pablo II 

La Renovación Carismática, don del Espíritu a la Iglesia, según el Papa
Celebra los treinta años de su implantación en Italia

CIUDAD DEL VATICANO, 14 marzo 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II celebró este jueves los treinta años del nacimiento de la Renovación Carismática en Italia recibiendo a una delegación de miembros de este movimiento eclesial esparcido por todo el mundo.

«¡Sí! --exclamó con entusiasmo el Papa al dar la bienvenida a los «carismáticos», como comúnmente son conocidos--. La Renovación en el Espíritu puede ser considerada como un don especial del Espíritu Santo a la Iglesia en nuestro tiempo».

La Renovación en el Espíritu Santo cuenta en Italia con más de 200 mil miembros, distribuidos en 1.800 comunidades o grupos de oración. Según cálculos citados este jueves por Radio Vaticano, reagrupa en el mundo al menos a 80 millones de católicos.

El Santo Padre agradeció en particular el espíritu con el que crece la Renovación en Italia, caracterizado por «la colaboración con la Jerarquía y con los responsables de los demás movimientos, asociaciones y comunidades».

«Nacido en la Iglesia y para la Iglesia --constató--, en vuestro movimiento se experimenta a la luz del Evangelio el encuentro vivo con Jesús, la fidelidad a Dios en la oración personal y comunitaria, la escucha confiada en la Palabra, el descubrimiento vital de los Sacramentos, así como la valentía en las pruebas y la esperanza en las tribulaciones».

El obispo de Roma añadió que «el amor a la Iglesia y la adhesión a su Magisterio, en un camino de maduración eclesial apoyado por una sólida formación permanente, son signos elocuentes de vuestro compromiso por evitar el riesgo de quedarse, sin querer, en una experiencia meramente emocional de lo divino».

Este riesgo, siguió explicando, se puede apreciar «en una búsqueda exagerada de lo "extraordinario", y en un repliegue intimista que rehuye del compromiso apostólico».

Al final del encuentro, el Papa bendijo tres proyectos lanzados por la Renovación Carismática en Italia.

El primero es el apoyo a la implantación de la Iglesia en Moldavia, en colaboración con la Fundación «Regina Pacis» de la arquidiócesis italiana de Lecce. Esta institución, entre otras cosas, ha liberado de la esclavitud de la prostitución en la que habían sido confinadas cientos de jóvenes moldavas en Italia.

El segundo proyecto impulsado por el pontífice es la animación espiritual realizada por miembros de la Renovación Carismática de santuarios marianos, «lugares privilegiados del Espíritu», reconoció, «que os da la oportunidad de ofrecer a los peregrinos caminos para profundizar en la fe y en la reflexión espiritual».

Por último, alentó el proyecto de la «Zarza ardiente» (Cf. Zenit, 7 de mayo de 2001), una invitación a la adoración incesante, día y noche. La iniciativa pretende que los cristianos «regresen al Cenáculo» para alcanzar la plena unidad y la conversión de los pecadores. Volver al Inicio  

Cardenal Charles Lournet

Grandes efusiones de luz y de amor, acompañadas de milagros y de profecías vienen sobre la Iglesia militante.

Es quizá en las épocas más oscuras, mientras miles de almas apostatan, cuando el Espíritu Santo parece querer rescatar con la intensidad del fervor y la frecuencia del heroísmo, las pérdidas sufridas en cantidad y en ex tensión.

En esas visitas incomparables, en esas misiones invisibles en las cuales Dios viene a rehacer la obra de sus manos, la Iglesia siente a sus hilos saltar en su seno, se llena del Espíritu Santo y se maravilla diciendo: “ qué me sucede que mi Señor viene a mí?”.

Esos toques divinos inflaman su corazón, le dan un impulso siempre nuevo. Así la Iglesia es patria de renovaciones espirituales y única fuente de juventud...

En los momentos decisivos de su historia, el Espíritu Santo vendrá en ayuda de su Iglesia por caminos excepcionales. Suscitará en ella milagros de fortaleza, de luz, de pureza. En la Jerarquía o en el pueblo fiel se levantarán hombres y mujeres que tendrán tanta nitidez en la voz y tanta santidad en el coraz6n para anunciar su mensaje, que el mundo creerá volver a escuchar a los apóstoles.

Harán milagros, discernirán los espíritus, hablarán en lenguas. Serán los verdaderos profetas. Profetizarán para iluminar, a la luz de la revelación, el movimiento de su época y las necesidades de los hombres. En ellos volverán a aparecer, balo una forma adapta da a las condiciones nuevas de la vida de la Iglesia, gracias carismáticas que fueron dadas a los primeros cristianos...

Newman tenía razón cuando pretendió que, así como sucedió en el primer Pentecostés, los tiempos de milagros son tiempos de Santidad.  (L’Eglise du Verbe Incarné (1942) (Tome II, Págs. 463. 469. 471.)Volver al Inicio

 

 

 

 

LA ESPERANZA DE LOS “MOVIMIENTOS”

Cardenal Loseph Ratzinger

En estos años, muchos católicos han hecho la experiencia del éxodo; han vivido los resultados del conformismo de las ideologías; han experimentado lo que significa esperar del mundo redención, libertad y esperanza. Solo conocían en teoría la faz de una vida sin Dios, de un mundo sin fe.

Sin olvidar nunca  -continúa- que todo concilio es una reforma que des de el vértice debe después llegar a la base de los creyentes. Es decir, todo concilio, para que resulte verdadera mente fructífero, debe ir seguido de una floración de santidad. La salvación para la Iglesia viene de su interior; pero esto no quiere decir que venga de las alturas, es decir, de los decretos de la jerarquía. Dependerá de todos los católicos, llamados a darle vida, el que el Vaticano II y sus con secuencias sean considerados en el futuro como un período luminoso para la historia de la Iglesia. Como decía Juan Pablo II conmemorando en Milán a San Carlos Borromeo: “La Iglesia de hoy no tiene necesidad de nuevos reformadores, la Iglesia tiene necesidad de nuevos santos”.

No me refiero al impulso de las jóvenes Iglesias, como la de Corea del Sur, ni a la vitalidad de las Iglesias perseguidas, porque no cabe relacionarlas directamente con el Vaticano II, como tampoco se puede situarlas directamente en la atmósfera de crisis. Lo que a lo largo y ancho de la Iglesia universal resuena con tonos de esperanza —y esto sucede justamente en el corazón de la crisis de la Iglesia en el mundo occidental— es la floración de nuevos movimientos que nadie planea ni convoca y surgen de la intrínseca vitalidad de la fe. En ellos se manifiesta -muy tenuemente, es cierto- algo así como una primavera pentecostal en la Iglesia.

Pienso por ejemplo, en el Movimiento Carismático, en los Cursillos, en las Comunidades neocatecumenales, en el Movimiento de los Focolari, en Comunicación y Liberación, etc. Todos estos movimientos plantean algunos problemas y comportan mayores o menores peligros. Pero esto es connatural a toda realidad viva. Cada vez encuentro más grupos de jóvenes re sueltos y sin inhibiciones para vivir plenamente la fe de la Iglesia y dota dos de un gran impulso misionero. La intensa vida de oración presente en estos Movimientos no implica un refugiarse en el intimismo o un encerrarse en una vida “privada”. En ellos se ve simplemente una catolicidad total e indivisa. La alegría de la fe que manifiestan es algo contagioso y resulta un genuino y espontáneo vivero de vocaciones para el sacerdocio ministerial y la vida religiosa”.

Nadie ignora, sin embargo, que entre los problemas que estos nuevos movimientos plantean está también el de su inserción en la pastoral general. Su respuesta es rápida: “Lo asombro so es que todo este fervor no es el resultado de planes pastorales oficiales ni oficiosos, sino que en cierto modo aparece por generación espontánea. La consecuencia de todo ello es que las oficinas de programaci6n -por más progresistas que sean- no atinan con estos movimientos, no concuerdan con sus ideas. Surgen tensiones a la hora de insertarlos en las actuales formas de las instituciones, pero no son tensiones propiamente con la Iglesia jerárquica como tal. Está forjándose una nueva generaci6n de la Iglesia, que contemplo esperanzado. Encuentro maravilloso que el Espíritu sea, una vez mas, más poderoso que nuestros proyectos y juzgue de manera muy distinta a como nos imaginábamos. En este sentido la renovación es callada, pero avanza con eficacia. Se abandonan las formas antiguas, encalladas en su propia contradicción y en el regusto de la negación, y está llegando lo nuevo. Cierto, apenas se lo oye todavía en el gran diálogo de las ideas reinantes. Crece en silencio. Nuestro quehacer -el quehacer de los ministros de la Iglesia y de los teólogos- es mantenerle abiertas las puertas, disponerle el lugar. El rumbo imperante todavía en la actualidad es, de todos modos, otro. En fin, para quien contempla la situación espiritual de nuestros días, verdaderamente tempestuosa, no hay más remedio que hablar de una crisis de la fe, que sólo podremos superar adoptando una actitud franca y abierta”. (Informe sobre la fe. Págs. 48 - 51) Volver al Inicio

 

 

 

 

EL LLAMADO DEL ESPIRITU

Cardenal Renard

El grupo carismático se centra esencialmente en la espontaneidad de los participantes: Oraciones personales, lecturas bíblicas, cánticos colectivos, imposiciones de manos, y aún el mismo hablar en lenguas se suceden en la mayor libertad... Los grupos llamados carismáticos se multiplican como por generación espontánea. Inicialmente reúnen jóvenes, luego religiosas y religiosos, y también sacerdotes. El Cardenal Suenens llama a esta invasión progresiva del Espíritu: “ Nuevo Pentecostés?”. La interrogación del título del libro parece anticipar una respuesta positiva.

Un hecho considerable y significativo: Pablo VI acogió a 10.000 participantes del “III Congreso de la Renovación Carismática Católica”, el lunes de Pentecostés de 1975. En una benevolente exhortación, indicó positiva mente tres principios para el discernimiento del Espíritu: Fidelidad a la doctrina de la Iglesia, acogida de los dones espirituales para bien común, y primacía del amor que no sólo supone el don de Espíritu, sino también la presencia activa de su Persona en el corazón del cristiano. El Papa vio en Renovación “una suerte para la Iglesia y para el mundo”.

Juan XXIII esperaba del Concilio un nuevo Pentecostés: El florecer de una primavera. Las consecuencias del Concilio son muy diversas. A pesar de ciertas constataciones y en razón de las mismas, no es tarde para que los católicos se entreguen resueltamente a una vida de oración y de renuncia, para seguir a Jesús con las obras y en verdad.

Entonces la necesaria “apertura al mundo” correrá menos el riesgo de “mundanizaci6n” por el mimetismo tentador, y hallará la posibilidad de vivir sin glosa ideol6gica, como la sal y la luz del Evangelio, esto es, como Cristo Resucitado en el poder del Espíritu.

El testigo es el hombre de Cristo, que ama e invoca a Jesús y vive de El en medio del mundo, y que encuentra su identidad y su unidad sin buscarlas cerebralmente: el Espíritu actúa en él, con frecuencia sin que se de cuenta, para que testimonie a Cristo. ¿No es esto ya bastante? (L’Appel de L’Esprit París, 1976; Sao Paolo 1984, Págs. 16-17). Volver al Inicio

 

 

 

A LOS OBISPOS Y SACERDOTES QUE NO ESTAN EN LA RENOVACION

Cardenal Loseph Suenens

Mis palabras serán ahora para los Obispos, sacerdotes y diáconos que no se hallan aquí presentes. Ellos forman parte del ministerio ordenado, ya que recibieron el Espíritu Santo. Y siento el gran gozo de que se introduzca en la Iglesia el diaconado permanente por qué es una realidad sacramental.

Mi mensaje es doble: va dirigido primeramente a la parte invisible de Obispos, sacerdotes y diáconos que no están aquí, a quienes desde lo más pro fundo de mi coraz6n quisiera presentar una súplica pidiéndoles tres cosas:

Reconozcan la Renovación, integren la Renovación, eviten ciertas cosas. Pero también hablo para los líderes que se encuentran aquí, a los cuales pido lo mismo, pero desde el otro lado.

1. Mi gran sufrimiento es cómo con vencer a nuestros Obispos y sacerdotes. No a todos afortunadamente, pero tenemos que ser muy realistas:

Muchos no ven lo que está sucediendo en la Renovación Carismática.

Mi petición es: por favor, reconozcan la visitación del Señor, una gracia dada a la Iglesia y al mundo de hoy en esta Renovación, renovación extraña porque surge de la nada, de una forma muy inesperada y de América precisa mente. ¿Cómo explicar esto? Yo no me lo explico, también me sorprende. Pero por favor reconozcamos el gran don que el Señor nos está dando.

Todo el mundo habla de los signos de los tiempos. No busquen solamente los signos de los tiempos en el mundo. Busquémoslos también en las estrellas de los cielos, pues hay algo, una gracia extraordinaria que viene a renovar a la Iglesia desde dentro, sin que pretenda tener el monopolio de ningún tipo, ya que todos somos carismáticos.

Esto es muy importante. No somos un pueblo especial, sino cristianos normales. Naturalmente se utiliza la palabra carismática porque de alguna forma se ha de caracterizar esta renovación. Es lo mismo que cuando se pregunta ¿Sois jesuitas? Podemos responder: todos somos de la compañía de Jesús, aunque algunos han tomado el título.

Obispos, traten de abrir la mente y el corazón a las sorpresas del Espíritu Santo. Es sorpresa porque no es la forma normal. Cuando el Espíritu sopla escuchen, dejen que el Espíritu sople. Recuerden al Papa Juan XXIII cuando oró por un Nuevo Pentecostés. El Vaticano II fue el comienzo de este nuevo Pentecostés y creo que la Renovación Carismática es una continuación del Concilio. ¿Qué pasará dentro de veinte años? De momento yo veo un movimiento muy grande del Espíritu.

Obispos, por favor, no vean la Renovación Carismática como un movimiento cualquiera, sino como un movimiento del Espíritu. No pierdan el tiempo para ver d se sitúa y se pone o cómo encala dentro de sus planes. Olviden sus planes y dejen que el Espíritu los inspire.

 

 

Con el Patriarca de Venecia

Les contaré un hecho gracioso. Me cuesta un poco, pero lo diré en un acto de humildad. Dos años antes de que llegara a ser el Papa Juan Pablo I me encontré con él en cierta ocasión en Roma y le dile: “Ha leído el libro ¿Un nuevo Pentecostés?” No, contestó. “Se lo voy a enviar con una condición: que no me responda diciendo “he recibido su libro y es muy interesante, ya lo leeré algún día...” Por favor, déme su reacción o de lo contrario no se lo enviaré”. El era entonces Patriarca de Venecia, y unas semanas más tarde después de recibir el libro me escribió una carta muy divertida en la que comenzaba diciendo: “He leído su libro y estoy en completo des acuerdo con lo que dice en tal página y en tal línea”.  Miré a ver qué era y decía: “Me expreso muy mal”. Y se guía diciendo:. Usted se expresa muy bien. Yo creía que conocía los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo. Pero después de leer este libro, creo que ahora leo los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas con ojos nuevos”.

Queridos obispos, crean en esto, es Pentecostés, es lo que sucedió al comienzo de la Iglesia. No hay razón para que esto sólo sucediera al principio, lo esperemos o no lo esperemos.

Yo tampoco lo esperaba. En el Vaticano II tuve un discurso en favor de los carismas y nunca pude suponer que unos años más tarde llegaría a ser una cosa tan fuerte.

Esta es, pues, mi súplica a los Obispos: Sepan que el Señor está haciendo algo muy importante para la Iglesia. Estén abiertos a ello. (Los líderes carismáticos. Págs. 58 - 59). Volver al Inicio

 

 

 

LOS CARISMÁTICOS

Cardenal Paul Poupard

En la Iglesia católica, el movimiento carismático o renovación carismática nació en 1966 en la Universidad Duquesne de Pittsburg, Estados Unidos. Un grupo de profesores y estudiantes vivieron juntos, el 17 de febrero de 1967, una experiencia carismática intensa: imposición de las manos, glosolalia, llanto de alegría. Se multiplicaron los grupos de oración como una vena de agua que empieza a brotar en todas partes, en una Iglesia en Laque las elites intelectuales, por influencia de la modernidad y de las ciencias humanas, habían dejado marchitar un tanto su comprensión de la fe. Considerados primero con re celo por los militantes comprometidos en la acción y por algunos pastores que temían una desmovilización de sus fieles en el sentido de una deserción de la lucha social, los movimientos carismáticos, conscientes de las posibles desviaciones (como serían un fundamentalismo en la lectura de la Biblia y un pietismo en la vida cotidiana) y del necesario discernimiento entre una sensibilidad grupal y una auténtica experiencia espiritual, se vieron pronto alentados por la conferencia de los obispos americanos, que en noviembre de 1974 declara: “Una de las grandes manifestaciones del Espíritu en nuestro tiempo ha sido el concilio Vaticano II. Muchos piensan que la renovación Carismática Católica es otra manifestaci6n semejante.”

En un Congreso de grupos Carismáticos reunido en Grotaferrata el 10 de octubre de 1973, Pablo VI, a la vez que invitaba al necesario discernimiento, declaraba: “Hay ciertas notas comunes en esta renovación: el gusto por una oración profunda, personal y comunitaria, una vuelta a la contemplación y un énfasis de la alabanza de Dios, el deseo de entregarse totalmente a Cristo, una gran disponibilidad para las llamadas del Espíritu Santo, una lectura más asidua de la Biblia, una amplia comunicación fraternal, la voluntad de aportar un concurso al servicio de la Iglesia.” El propio Pablo VI otorgó un verdadero reconocimiento oficial a la renovación carismática cuando recibió a los 10.000 participantes del tercer Congreso internacional, después de una misa celebrada en la basílica de San Pedro (mayo de 1975). El Papa propuso tres principios para orientar un indispensable juicio crítico: la fidelidad a la doctrina, la gratitud y el amor. Y añadió espontánea mente su deseo de que el movimiento sirviera para infundir una espiritualidad, un alma, un pensamiento religioso que rejuveneciera al mundo y volviera a abrir sus labios cerrados a la oración, al canto, a la alegría, al himno, al testimonio (Discurso del 19 de mayo de 1975). Volver al Inicio

Desde su nacimiento en Estados Unidos en 1966, el movimiento se ha difundido por la vieja Europa y casi por todo el mundo, reimplantando en la Iglesia valores espirituales que habían sido relegados a un segundo plano; en particular, las experiencias vivas de la oración y de la alegría cristiana que alcanzan también al cuerpo, de la comunidad de alabanza con su dimensión ecuménica, del arraigo doctrinal sentido por muchos como una necesidad, del ministerio de visita a los enfermos y a los presos, practicado como una exigencia de La vida de fe, etc. Todas estas experiencias aparecen como una innegable renovación de la Iglesia en el Espíritu Santo. La renovación carismática, difundida en cerca de cien países y extendida a aproximadamente medio millón de católicos, recuerda que el Espíritu Santo, antes de ser un artículo del Credo, fue una realidad vivida en la experiencia de la Iglesia primitiva. Esta reaparición de los carismas en una Iglesia aquejada de una crisis de aridez e incertidumbre, de abstracción y de suspicacia reductora, hace esenciales los valores evangélicos y accesibles a todos al espíritu de filiación. Herbert Mühler especialista en teología del Espíritu Santo, de clara: “Desde hace quince años, yo conocía al Espíritu Santo con la cabeza. Ahora le conozco también con el corazón. Esto ha cambiado mi vida”. Ya se trate del don de lenguas o de curaciones sorprendentes, una fe pone de manifiesto su vitalidad esperándolo todo de Dios, como en los primeros días de la Iglesia, incluyendo en su espera la curación y la reconciliación fraterna, el gozo compartido y el amor a la alabanza y a la contemplación. En pocas palabras, la inteligencia del corazón abierta al soplo del Espíritu de Dios. (Diccionario de las Religiones. Págs. 262- 263). Volver al Inicio

 

 

 

 

 

GRACIAS A DIOS

Cardenal Carlos Martini

Mi palabra es palabra de vivísimo estímulo... Quiero dar gracias a Dios públicamente por todos los dones que he recibido de la renovación en el Espíritu, en la cual soy mas antiguo que la mayoría de vosotros, porque inicié mi camino en 1970 en los Esta dos Unidos. Por tanto soy más anciano que vosotros. Desde entonces la Renovación siempre me ha estado muy cercana en pasos y vados muy difíciles de mi vida. Por ello sean dadas gracias a Dios y a todos vosotros.  Rímini 22 de abril de 1988 Conferencia de la R.C. Volver al Inicio